La palabra seducción es de esas que me incomodan muchísimo. Si me leéis con atención, habréis visto que no la uso casi nunca –por no decir “nunca”– y que, en cambio, suelo gravitar hacia palabras como buscarnos y encontrarnos, que, primero, son verbos y, segundo, son como más horizontales porque no tienen el pequeño problemita etimológico que tiene seducción.

SēdÅ«cere1 ‘seducir’ en latín significa, literalmente, ‘separar a alguien de un sitio’. La seducción tiene mucho de eso, de separarnos: nos separa, para empezar, de nuestro mundo normal. Cuando alguien que nos gusta nos tira los trastos –hablando mal y pronto– y estamos en ese momento de “¿qué pasará?”, todos sentimos ese puntito como de pasar a un mundo de magia un poco irreal. Dan igual el tipo de relación, las orientaciones e identidades sobre el tablero: la expectación nos separa de lo que hay en ese momento en nuestra vida para llevarnos a un deseo que esto también suceda con esta persona.

Por eso también se dice que el diablo seduce. Separa de Dios a los fieles para sí. Y no niego que viniendo de donde vengo yo, la palabra seducción esté teñida aún en mi interior de ese colorcito bíblico nada recomendable.

El problema que activa en mí seducción es un poquito enrevesado porque yo misma me reconozco tremendamente seductora. Yo sé que soy muy contradictoria en esto, porque soy consciente de mi atractivo, de mis recursos, de cómo me gusta plantear el deseo –hola, aquí están mis relatos–, también sé cómo me gusta que me seduzcan y cómo no… Me encanta el “juego”, me encanta esa energía excitante de la espiral que anuncia un camino hacia un encuentro, pero odio las connotaciones que tiene la palabra.

Se presenta aquí Ariadna Vigo, doctora en Lingüística. Connotación no es el significado. Sin entrar aquí en citar a medio mundo y a ponerme a hacer un análisis de las distintas escuelas de Lingüística que se han pasado desde 1916 discutiendo sobre esto, muy básicamente, el significado es un contenido de la lengua en sí y las connotaciones son un tipo de contenido que viene del uso de las palabras y, por tanto, es conversacional o cultural. Sí, obviamente, un contenido connotado puede acabar con el paso del tiempo transformándose en significado si se dan las condiciones. La diferencia está en que saber el significado de una palabra es saber (una parte) de la lengua –si no sabes el significado de ignífugo sabes menos español que alguien que sí lo sepa–, mientras que saber las connotaciones posibles es más un saber sociocultural de cuándo y dónde esa palabra puede connotar ciertas realidades y no otras.

Por ejemplo, todos los hablantes de español sabemos o deberíamos saber lo que significan macho y hembra: lo mismo que male y female en inglés. Sin embargo, llamar a una mujer hembra puede ser casi un insulto en español, mientras que my female friends es casi una frase hecha totalmente coloquial en inglés. Macho activa unas connotaciones muy específicas que son culturales… salvo que el contexto sea un congreso de biólogos, donde macho y hembra son totalmente neutros. Tanto es así que en inglés, para usar macho con las connotaciones sexuales que tiene en español coloquial, ellos directamente han tomado la palabra prestada de nosotros: He’s acting like an entitled macho.

Lamentablemente, seducción (la palabra) me incomoda porque connota la dinámica donde A seduce B y, por tanto, B es seducida por A. Alguien “domina” y la otra “sigue” y esto me suena demasiado a lo que critico tan fuerte de los bailes latinos en pareja… un momento… Ari… hemos tocado el problema.

Salgamos de la Lingüística y hablemos de realidades más complicadas y humanas.

Yo estoy mucho mejor que hace, digamos, unos meses y qué decir hace un año. Hace un año yo publicaba un post que llevaba por título No más pánico al sexo y que es durísimo. Yo ya no soy esa chica que tiene miedo a un encuentro o que se siente rota o que no quería tomar del todo conciencia del abuso sexual sufrido. Yo hace un año o hace unos meses no habría sido capaz de escribir esta frase que he escrito unos párrafos más arriba en este mismo post:

Me encanta el “juego”, me encanta esa energía excitante de la espiral que anuncia un camino hacia un encuentro.

Hace unos meses yo no habría sido capaz de escribir un relato donde mi personaje es una seductora super smooth, como escribí hace unas semanas en El día de mañana.

En esas fases yo no me dejaba tocar como me he dejado desde hace un tiempo por, literalmente, “ver qué pasa” con alguna que otra señorita con la que me he topado casualmente… Todo es muy inocente, pero para mí es un mundo de avance.

Ni hablemos ya de que he reconquistado mis fantasías eróticas y las he hecho mías o de que he reconquistado y resignificado.

Digo todo esto porque, como siempre, el proceso ni es lineal ni es uniforme. Puedo haber dado todos estos pasos, estar madurando objetivamente como seductora y abriéndome a ser seducida, estar poco a poco ejerciendo el deseo –y dejándome ser la deseada– y, a la vez, incomodarme con la palabra seducción porque una parte de mí la identifica con abusos.

Es cierto que hay cortejos que son abusivos. Insidiosamente abusivos. Me estoy acordando específicamente de dos amigas mías que pasaron una temporada enganchadas a sendos “seductores” y las dos acabaron yendo años a terapia para superar lo que les hicieron. Claro, desde fuera una lo veía súper claro y en ambos casos éramos varias las que intentábamos que vieran la realidad, pero cuando estás dentro de la dinámica…

–Ari, pero eso es abuso y que ellos hablaran de seducción no pervierte la palabra. Oye, denotación no es significado.

–Sip, pero no voy a ponerme aquí ahora encima a hablar de la referencia o denotación, porque ya creo que he perdido la mitad de lectores con lo de connotación.

El problema es que yo vengo de un historial de abusos. Y esto es lo importante: una parte de la recuperación que estoy haciendo es “hacerme justicia”. Hacerme justicia significa2 en este caso aprender a distinguir cómo el abuso que recibí distorsiona mi mirada… Yo sé que el dolor me ha provocado perdonar los abusos imperdonables porque es duro aceptar que fui una víctima confundida e indefensa y una quiere albergar la esperanza de que no fue tan así, es que… el contexto… bueno… pero yo tampoco fui tan buena… Es todo luz de gas a mí misma. Por otro lado, como no dirigía la rabia a quienes me hicieron daño, esa rabia tenía que escapar a algún lado… Y no sé cuál es el mecanismo exacto, porque no soy psicóloga, pero me parece bastante lógico que, de algún modo, yo haya proyectado mi rabia por el abuso a mí hacia… bueno, la actividad sexual ajena.

Yo he llegado a ser una puritana muy complicada con ideas muy peligrosas como que cualquier relación sexual es violación. Eso solo se puede decir desde el desgarro de una herida muy profunda. Pero yo he sido esa mujer y el post que he enlazado antes –No más pánico al sexo– explica algo de mi proceso de deconstrucción de esa locura… que al final también era una forma de castigarme a mí misma.

Pero cuando estás cegada por tu herida, no estás completamente ciega. Entonces, casos como los de esas dos amigas se vuelven tus argumentos definitivos de “Ajá, ¿ves? Si todo esto es una puta mentira”. Hacerme justicia implica saber separar que eso que presencié en esas dos amigas fue abuso, pero que el juego de seducción que veo en yo qué sé quien no es abuso, sino todo lo contrario.

Todo este post viene activado de una publicación de la sexóloga Ane Salaberría en Instagram. Ahí veréis un comentario mío de esos que delatan ruido interno. Lo dejo ahí como souvenir. Ahí ella dice algo muy natural: “El arte de seducir también reside en quien es seducido”… y que yo he vivido y que vivo… pero la palabra ha sido el choque. La palabra estaba teñida de negro en mi alma… y entonces se me tiñó el mensaje y se me tiñó todo…

…y me olvidé de que yo soy seductora y seducida… de que la seducción es otra parte más de ser humana. Resistirme es resistirme a una parte de mi humanidad y a no conectar con una parte muy mía de quien soy. Ahí estoy: en mis fotos, en mis sonrisas, en esos momentos de complicidad, en ese erotismo que va arrancando, en mis relatos, en mis momentos más íntimos… Eso es seducción y si yo veo lo bueno en todo eso, pues lo llamaré por su nombre: seducción, porque es lo que me merezco.

Y de repente he reconquistado la palabra. De repente no es que la acepte sin más, sino que, me quedo mirando a la luz del escritorio soñando querer ser separada o separar a alguien para que estemos, el tiempo que nos esté destinado, creando un mundo nuevo propio e íntimo donde mandemos nosotras “jugando en serio”. La etimología que yo al inicio llamaba “un problema” ahora es una bendición: porque separar también es lo que hay detrás de refugiarse, protegerse mutuamente, detener el mundo…

De repente, un deseo… atávico… la disquisición intelectual se diluye…

Una voz…

Tía, tengo ganas.

Así sí. 💓


  1. Técnicamente en latín los verbos se enuncian con la primera persona singular del presente del indicativo (o sea, sēdÅ«cō ‘yo seduzco’), pero no quiero complicar mi propio texto para un público que no tiene por qué saber latín. ↩︎

  2. En realidad denota, pero paso 🤣 ↩︎