El viento frío de invierno le helaba los hombros descubiertos. Era un día gris, cuyas nubes no desvelaban qué intenciones traían, si lluvia suave, tormenta o un sorprendente cielo azul. Las faldas de su peplo blanco bailaban por entre sus piernas, restringidas solo por el cinto que llevaba en la cintura. Nunca se levantaban para mostrar ni por accidente los rincones sagrados de su cuerpo. Ella esperaba, de brazos cruzados, de pie en el borde del pequeño risco que vigilaba la playa de arena. El mar, traicioneramente calmo, era un espejo grisáceo, sin forma ni colores, que dejaba un rastro de espuma muy tenue y apenas algunas algas al lamer la piel tostada de la tierra.
Una cafetería
Era un mediodía de invierno, con sol. La cafetería se había vaciado de improviso después de haber acogido a varios grupos en sus mesas. Solo quedaba la chica de la mesa del fondo, absorta en un libro. Era un poco regordeta, con pelo larguísimo, de color castaño, y lucía una vestimenta sobria: un jerséi carmín de escote en pico, un pantalón negro de pitillo y unas botas negras de tacón discreto.
Hogar
La niña entró corriendo a su nueva habitación. Se tiró encima de la cama, aun cuando solo tenía el colchón puesto, sin bajera, ni sábanas. ¡Ni la alhomada tenía funda! ¿Qué importaba? Era su nueva habitación, su nueva cama, en un pueblo nuevo a las afueras de la capital y era suya.
Se imaginó montando una mesa para que sus muñecas –que aún no tenía– tomaran el té. Se imaginó probándose los vestidos –que aún no tenía– ante el espejo de pie que había en la habitación. Dio un giro sobre su talones mientras se imaginaba como una princesa mágica de las películas. Se sentó en el suelo, de madera vieja, y le fascinó la luz que entraba por la ventana. Sí, esta era su habitación. Aquí viviría hasta estudiar o hacerse mayor… ¡o hasta casarse!