A decir verdad, la ducha era un tanto estrecha, pero no tanto como otras en las que se había metido en su vida. Era de aquellas con puertas corredizas de vidrio esmerilado que cerraban en ángulo recto en la esquina izquierda. Se había metido hacía un par de minutos, con el agua ya encendida y se había mantenido ahí un momento, dejando resbalar el agua sobre su cuerpo, tibia y líquidamente. Mantenía la mano junto al nacimiento del hombro, como queriendo liberar tensión de este, mientras la lluvia de la ducha caía por el camino que trazaban sus dedos hasta su codo. Suspiró y se dijo en voz alta a sí misma:
Cierre
Detrás de la cristalera de aquella panadería, la vendedora limpiaba con el trapo el expositor de vidrio en el cual, hasta hacía una hora más o menos, se podrían haber encontrado los últimos bollos del día… pero la clientela había arrasado con todo, así que la limpieza se hacía más fácil esta tarde. Eso sí, ella se había reservado un par de los bollos, dejándolos encima de una bolsa de papel a un lado… Nada extraño; era costumbre en aquella panadería hacerlo.
Fregadero
La espuma del detergente de platos cubría de blanco sus manos de piel morena. Con la esponja amarilla y verde –que, desecha, ya pedía tregua–, frotó los restos de grasa de la cacerola de metal en la que, anoche, ella había preparado un poco de pasta. Entonces, una pompa de jabón, pequeñita, decidió emprender viaje hacia el cielo, pasando por delante de la punta de su nariz. Ella siguió su viaje con la mirada hasta que explotó tras unos segundos de vuelo. Sonrió y guardó la cacerola ya aclarada en el secaplatos empotrado en el armario, justo encima del fregadero.
La ventana
Llovía. La muchacha estaba arropada en su manta, sentada de piernas cruzadas sobre su cama, con una taza caliente de café filtrado que se había preparado hacía unos minutos. Una libreta con cubierta de dibujos florales reposaba a su lado, cerrada, con un bolígrafo colocado encima. Abrazaba la taza entre sus dedos, pensativa, mirando hacia fuera de su ventana. Chorros de agua caían del cielo y se volvían lágrimas que lamían el vidrio que separaba el rostro de la muchacha del frío exterior, pero no de su gris espesor.
Bolero
La sala de baile era luminosa. Sus paredes eran blancas, con grandes ventanales que daban a la oscuridad de una noche impenetrable a la vista desde dentro. El suelo, ajedrezado, daba cobijo a los pasos de baile de las parejas que compartían entre sí las notas de la pequeña banda que tocaba desde una de las esquinas de la sala, junto a la barra. Unas palmeras delimitaban un poco más el espacio. Me sentía inexplicablemente nerviosa.