La ventana

Llovía. La muchacha estaba arropada en su manta, sentada de piernas cruzadas sobre su cama, con una taza caliente de café filtrado que se había preparado hacía unos minutos. Una libreta con cubierta de dibujos florales reposaba a su lado, cerrada, con un bolígrafo colocado encima. Abrazaba la taza entre sus dedos, pensativa, mirando hacia fuera de su ventana. Chorros de agua caían del cielo y se volvían lágrimas que lamían el vidrio que separaba el rostro de la muchacha del frío exterior, pero no de su gris espesor.

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Bolero

La sala de baile era luminosa. Sus paredes eran blancas, con grandes ventanales que daban a la oscuridad de una noche impenetrable a la vista desde dentro. El suelo, ajedrezado, daba cobijo a los pasos de baile de las parejas que compartían entre sí las notas de la pequeña banda que tocaba desde una de las esquinas de la sala, junto a la barra. Unas palmeras delimitaban un poco más el espacio. Me sentía inexplicablemente nerviosa.

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La flor que no estaba marchita

En el barrio histórico de aquella ciudad hacía un sol brillante que evaporaba lentamente los rastros de la lluvia que se habian quedado de la noche anterior entre las hendiduras de los antiguos adoquines. Con paso decidido sobre esas mismas piezas de piedra centenaria, la muchacha caminaba con paso ligero, canturreando. De su brazo colgaba una cesta de mimbre llena de flores de todas las formas y de todos los colores.

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Ante la costa

El viento frío de invierno le helaba los hombros descubiertos. Era un día gris, cuyas nubes no desvelaban qué intenciones traían, si lluvia suave, tormenta o un sorprendente cielo azul. Las faldas de su peplo blanco bailaban por entre sus piernas, restringidas solo por el cinto que llevaba en la cintura. Nunca se levantaban para mostrar ni por accidente los rincones sagrados de su cuerpo. Ella esperaba, de brazos cruzados, de pie en el borde del pequeño risco que vigilaba la playa de arena. El mar, traicioneramente calmo, era un espejo grisáceo, sin forma ni colores, que dejaba un rastro de espuma muy tenue y apenas algunas algas al lamer la piel tostada de la tierra.

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Una cafetería

Era un mediodía de invierno, con sol. La cafetería se había vaciado de improviso después de haber acogido a varios grupos en sus mesas. Solo quedaba la chica de la mesa del fondo, absorta en un libro. Era un poco regordeta, con pelo larguísimo, de color castaño, y lucía una vestimenta sobria: un jerséi carmín de escote en pico, un pantalón negro de pitillo y unas botas negras de tacón discreto.

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