Llevo semanas queriendo escribir sobre esto. No es que no lo haya intentado, sino todo lo contrario: no sé cuántos borradores he quemado ya. Lo he intentado en ensayo, lo he intentado en relatos… Mi alma grita, quiere que se la vea a través de las palabras, pero las palabras que nacían primero con fuerza en cada texto… se iban apagando, habiendo consumido la poca energía que tenían realmente… hasta desaparecer… hasta que el texto… ya… no… funcionaba y se… rom… pí… a…

Y lo vuelvo a intentar… porque mi alma necesita gritar.

Necesito gritar que estoy cansada de las reglas. ¿Qué reglas? Las reglas que me amargan el placer, las que me frenan el crecer, las que se interponen en mi camino cuando siento que quiero algo nuevo… Reglas que vienen de los pozos más profundos del sexismo, de las fobias, del odio inculcado… reglas que debería poder quitarme de encima, que querría haberme quitado de encima hace años, pero que vuelven a aparecer… como si fueran cucarachas en un verano húmedo de Barcelona o de Buenos Aires, lo mismo da.

He pasado semanas derrumbando un muro. He derribado muchos. Este no sabía ni que era un muro y, con toda la delicadeza del mundo, digo explícitamente: un muro para mí.

Es que este es un tema que me da mucho más vergüenza que ser transexual o que ser lesbiana… porque… porque me dijeron que era de ser sucia e irresponsable y egoísta… y la sociedad lo sigue diciendo, aunque juegue a un postureo de aceptación…

La intuición parte de lejos, pero el descubrimiento fue claro…

Yo no quiero pareja ni me entiendo como monógama. Ya, suena fatal escrito. No, no he hecho una maratón sexual desenfrenada ni una orgía ni nada que me haya “hecho ver” nada. No, esto no es miedo al compromiso. No, esto no es conformarme con menos que el “pack completo”, frase literal de una amiga hace unos cuantos años. Simplemente es… es que no me siento cómoda entendiendo la pareja estable estándar como el objetivo afectivo “natural”.

Yo es que… la intuición se transformó en claridad al leer las palabras de Amelia Possenza en Lesbian Love Stories1, de que su búsqueda por darle sentido a su identidad lésbica pasaba por un deseo que no es solo sexual, sino de construir algo nuevo… (p. 20).

Es que… ¿por qué nos empeñamos las queer a reproducir exactamente, paso a paso, los modelos cisheterosexuales? ¡Si no fueron diseñados para nosotras!

A ver, que yo sé de mujeres LGTB2 que han seguido un poco modelos afectivos más “estándar” sin problema ninguno. Es posible seguirlos, no digo que no. El tema es… imponernos a nosotras mismas esas mismas reglas… ¿por qué?

¿Por qué hay tantos modelos que asumimos por defecto sin más sin pensar si los queremos realmente?

¿Por qué? Pues por aceptación. Pues porque estamos inseguras y, seamos honestas, operar con modelos dados te quita un peso de encima. ¿No estuve yo casi un año navegando contra mi propia orientación sexual, intentando que me gustaran los hombres? ¿Os digo la verdad? Yo aún estaba en una especie de último intento de salvar mi fe cristiana… ¿cómo iba a ser yo transexual y lesbiana intentando ser cristiana? Mejor ceder en lo que menos consecuencias iba a tener –creía yo–: venga, a por los hombres… así eres más normal y se entenderá más que eres una mujer… Venga homofobia (“Una lesbiana no es una mujer realmente/normal”)…

He tenido que pasar por mucha terapia para aceptar que prefiero otros modelos afectivos más bien distintos… A mi terapeuta le salió el otro día un gesto de alivio cuando saqué el tema… como de que ella se lo olía hace mil y estaba esperando que sucediera esto. Pero, a pesar de que hay modas ahora, esto no ha sido fácil. “¿Cómo, no ha sido fácil decir que te quieres liar con cualquiera sin ataduras?” No, es que no va de eso. No va de con cualquiera ni va de no quiero ataduras. Va de cómo vivo yo los afectos, la intimidad, el arraigo, de cómo las “reglas” han sido obstáculos…

Yo le tengo un miedo grande a decirle a alguien que me gusta… Y la he pasado mal cuando alguien se ha medio-propuesto a mí. Lo he pasado mal porque dentro de mí la asociación inconsciente ha sido de que solo puede existir sexo con amor y que el amor es fusión. “Oye me gustas”, “¿Te vienes a casa?”, “¿Quedamos?” (con la intención de, claro) se transformaban de facto en fases previas de un matrimonio que habrá que construir por cojones desde el día uno… aunque no lo piense conscientemente.

Pero claro, en el fondo sabía que había un problema… Entonces mi solución ha sido escapar, evadir, reprimir, “no meter en un problema a nadie”… “No quiero hacer daño” –una frase literal mía que sacaba de quicio a una amiga–. Y no, evadiendo, callándome sentimientos no hacía daño directo –¿indirecto quizás sí?– ni metía a nadie en dinámicas muy tóxicas… pero… yo… yo… yo infeliz, sintiéndome inadecuada, rara, mal.

Así no se puede vivir la sexualidad, nena. Así no.

Cuestionar eso no hace que, automáticamente, una cuestione la pareja monógama estándar. El camino más… próximo… es el de desactivar la asociación, ¿no? Decir que las relaciones se construyen, que una declaración de atracción no tiene por qué llevar a otra cosa más “seria”, etc. Que una noche tonta o ser follamiga de alguien es independiente de un compromiso…

Ya, pero es que… es que yo no me siento cómoda exigiendo exclusividad a nadie. No me gusta. No me parece bien. Me parece extraño que asociemos eso a compromiso. ¿Por qué? Juro que no lo entiendo. ¿Qué derecho tengo yo a pedir algo así? Y más en un contexto como el mío donde… muchas creo que estamos en una dinámica de experimentación y descubrimiento… y yo misma lo estoy a una profundidad que no me imaginaba y con las semillas de una vocación que no sé adónde me van a llevar.

Y luego está la presión socio-económica. La social está en que, al final, el mensaje de libertad sexual siempre viene con asteriscos y letra pequeña. Si alguien –especialmente una mujer… viva el sexismo– está “mucho tiempo” teniendo relaciones sin “estabilizar”, viene el juicio, quieras que no. “Es que deberías sentar cabeza”, “Así no vas a poder vivir toda la vida”, blablablá… Una amiga, literalmente, el otro día me dijo que ya que me veía mejor, tendría pronto pareja; o sea, asoció mejoría personal con ese estado sentimental concreto.

La económica es muy real… Sí, vivir en una pareja estable te ayuda mucho económicamente en cosas como un alquiler o una hipoteca, te crea un espacio seguro económico que la soltería no te da. Claro que yo misma he pensado –y especialmente en mi fase “hetero”– que “con alguien me mantendré mejor”. Es un asco confesar esto. Un ascazo.

Pero no, me niego a obligarme a usar fórmulas que me incomodan muchísimo. No sé qué tiene que ver el tocino con la velocidad. Yo me puedo crear mi estabilidad de forma independiente… tanto la emocional –que es de la que se ocupa la presión social– como de la material –que es de la que se ocupa la presión económica–. De hecho, la emocional… ¿cómo la he ido consiguiendo? ¿Con qué pareja? Con mi terapeuta, más bien.

No quiero condenar a nadie. Cada uno sigue lo que le sienta mejor… pero a mí me ha venido una paz que no me esperaba cuando he quitado de en medio esa obligación.

Ahora bien…

No, ni idea, no he dado ningún paso. Hace muy poco que me siento preparada para la intimidad física, pero tampoco sé qué debería hacer para ponerla en práctica. De momento yo espero y responderé según yo me sienta en el momento. Seguramente pase tiempo. Pues vale, que pase… tengo ganas, me muero porque mi piel se funda con otra, pero no tengo prisas porque sé que son malas.

No, tampoco me espero una panacea sexual. No. Ni me espero que, de repente, voy a estar recuperando el tiempo perdido a todo gas. No creo. No está en mi carácter. Lo más probable es que tenga algún par de experiencias de vez en cuando a saber cuándo… y les sacaremos el mejor partido mientras duren.

De repente me siento relajada. No le debo monogamia a nadie. Ojo. Quizás de aquí a un tiempo cambio de parecer; no me cierro a eso. Sin embargo… no sé, por la vida que he tenido –soltera la gran parte de mi vida y sin experiencia sexual casi– me hacen ver que… no sé, yo he tenido mis momentos muy bonitos de intimidad muy profunda con amigas con las que no ha habido nada erótico. Para el apoyo emocional no he necesitado que venga “con lo otro”.

En mi corazón… lo sexual está como en una esfera propia, que ha adquirido vida independiente… como una especie de pulsión física que me atraviesa entera, pero a la que no le debo nada… que me fascina y… vuelvo a decir… y mi terapeuta me ha vuelto a decir mil veces… que me encantaría hacer algo profesionalmente al respecto, pero… no tengo ese vacío. No me falta. Cuando tengo ganas ya me toco yo. Es sexo. Es igual de valioso que compartirlo. Ese muro también tuve que derribarlo y me abrió muchas puertas para conmigo misma.

La liberación de tantos prejuicios hace que, de algún modo, el Eros quede totalmente desmitificado… y humanizado. Es en esa humanización que yo le encuentro un sabor increíble y su belleza. Si me quiero compartir no quiero que haya el peso de reglas dictadas por sacerdotes o rituales que, con la excusa de purificar –¿Purificar lo natural? ¡Qué soberbia es esa!–, deshumanizan…

Ahora que leo el párrafo de arriba me temo que quizás he sido muy ofensiva… Quod scripsi, scripsi.

Insisto: la sensibilidad en esto es muy personal. Sin embargo… quiero honrar la que siento que es la mía. Mi deseo está íntimamente ligado a crear, explorar, conocer… y en ambas direcciones. En ojalá también sacar ideas que puedan ayudar. En no hacerme más luz de gas diciéndome que soy una pervertida o que me voy a ganar una mala reputación.

Me preocupan cosas que puedan suceder en el momento. Yo espero no ser una gilipollas. Creo que no, pero las emociones a flor de piel pueden traicionarnos siempre. Yo espero no actuar a la desesperada: seguir siendo muy consciente en mis elecciones, ser muy clara, no huir de las conversaciones difíciles, saber decir cuándo sí –lo que me cuesta más– y cuándo no, dejar aquellas relaciones que solo sean un lastre, procurar no ser yo un lastre… y seguir el camino de mi trabajo personal… porque cualquier mejora va a venir de ahí, no de otra persona.

¿Qué cambiará? Al corto plazo creo que nada. Mi mente está en otras cosas, además, más materiales e inmediatas. Lo que cambia es la mirada de mí hacia mí misma y a mi “universo sexual y afectivo”. Y eso es lo que me llena de orgullo. Lo demás… tampoco lo puedo controlar, ¿no?


Un tema diferente… pero es otra regla que me oprime… La estoy pasando mal con las fotos en bikini y en la playa, en general. La playa me parece súper opresiva porque me siento muy incómoda con estos genitales en traje de baño en público. Por otro lado… una parte de mí grita “Manda a la sociedad a tomar por culo”, pero no soy tan fuerte. Ganas… todas… pero… Y mi barriguita tampoco ayuda. Que sí, que soy consciente de que es hormonal y es un poco el precio que pagamos para tener caderas y pecho y curvas (la ralentización del metabolismo de las grasas), pero… En fin, ¿me animaré un día? ¿Escribiré un post análogo a este hablando de la playa?

Me gusta que me he vuelto súper atenta a mis inseguridades (y hay más, pero dejo esto aquí). Ya no me las escondo… y eso es fundamental.


  1. Possenza, A. (2023). Lesbian Love Stories: A Queer History of Sapphic Romance. UK: Vintage. Kindle Edition. ↩︎

  2. No hablo de hombres porque ni idea. ↩︎