La espuma del detergente de platos cubría de blanco sus manos de piel morena. Con la esponja amarilla y verde –que, desecha, ya pedía tregua–, frotó los restos de grasa de la cacerola de metal en la que, anoche, ella había preparado un poco de pasta. Entonces, una pompa de jabón, pequeñita, decidió emprender viaje hacia el cielo, pasando por delante de la punta de su nariz. Ella siguió su viaje con la mirada hasta que explotó tras unos segundos de vuelo. Sonrió y guardó la cacerola ya aclarada en el secaplatos empotrado en el armario, justo encima del fregadero.