El viento frío de invierno le helaba los hombros descubiertos. Era un día gris, cuyas nubes no desvelaban qué intenciones traían, si lluvia suave, tormenta o un sorprendente cielo azul. Las faldas de su peplo blanco bailaban por entre sus piernas, restringidas solo por el cinto que llevaba en la cintura. Nunca se levantaban para mostrar ni por accidente los rincones sagrados de su cuerpo. Ella esperaba, de brazos cruzados, de pie en el borde del pequeño risco que vigilaba la playa de arena. El mar, traicioneramente calmo, era un espejo grisáceo, sin forma ni colores, que dejaba un rastro de espuma muy tenue y apenas algunas algas al lamer la piel tostada de la tierra.