Era un mediodía de invierno, con sol. La cafetería se había vaciado de improviso después de haber acogido a varios grupos en sus mesas. Solo quedaba la chica de la mesa del fondo, absorta en un libro. Era un poco regordeta, con pelo larguísimo, de color castaño, y lucía una vestimenta sobria: un jerséi carmín de escote en pico, un pantalón negro de pitillo y unas botas negras de tacón discreto.

La barista, escondida detrás de la barra, ordenaba tazas que estaban recién salidas del lavavajillas. Algunas aún exhalaban el vapor del lavado. Con esmero, las iba ordenando encima de la cafetera, un modelo italiano de superficie cromada que reflejaba como un espejo a cualquiera que se acercara a mirarse en ella. La muchacha llevaba el pelo ondulado, oscuro, sus ojos eran celestes y su mirada alternaba en brillo entre un cansancio antiguo y la vivacidad de alguien que está exactamente donde quiere estar labrándose su vida. Llevaba los labios pintados muy discretamente, pero lo suficiente como para que contrastaran con su piel blanquecina.

La clienta también los llevaba pintados, pero de un granate oscuro, con intensa intención de darles presencia a sus labios. En los bordes de su taza, que reposaba sobre una bandejita de madera, había marcas del color. Aún quedaba café en el interior de esta, que la chica consumía lentamente al ritmo de las hojas de la novela que ella leía.

El silencio se apoderaba del espacio. Sus paredes eran de granito gris y las mesas de una madera de color claro. La decoración era sobria, pero lo más bonito eran las puertas que daban al despacho y al lavabo: de madera blanca y cristales que parecían antiguos, con relieves ya indistinguibles que opacaban la visión del otro lado. No sonaba ni la radio, que solía estar encendida normalmente en la cafetería; tal era la concentración de la barista, que ni se dio cuenta.

La clienta levantó sus ojos de las páginas, miró hacia la barra, bebió un sorbo y continuó leyendo. La barista se secó un poco la humedad de sus manos en su delantal azul, que resaltaba sobre su camisa blanca perfectamente planchada. El silencio continuaba, solo interrumpido por el golpecito de la taza al volver a su bandeja o por algún utensilio de la barra al cumplir su función encomendada. Mientras recolocaba un portafiltros, la barista levantó un momento la mirada y halló a la clienta enfrascada en su libro, sosteniendo con su mano derecha la taza en el aire.

La escena se mantuvo así por lo menos diez minutos más. Pasado ese tiempo, la clienta se levantó y llevó la taza vacía a la barra. La barista se sonrió.

–Gracias –le dijo.

–No, a ti –le contestó la clienta, amablemente.

La barista guardó en el lavavajillas la taza, la cuchara y la bandejita de madera. Tomó en sus manos el trapo para limpiar la mesa que había dejado libre la chica, pero se detuvo. Siguió con su mirada el caminar de la clienta, que se dirigía al lavabo. Sus pasos eran casi militares en precisión. Toc, toc, toc, toc, toc…

La clienta abrió la puerta –corrediza– que daba al pequeño vestíbulo del lavabo. Este era un espacio oscuro con un espejo en que no se veía nada. Para entrar en él, había que abrir otra puerta corrediza. El lavabo era desproporcionadamente grande, también de azulejos oscuros. La chica entró, cerró la puerta con pestillo y, en vez de dirigirse a hacer lo que es propio en un lugar así, se apoyó en la pared, se dejó caer un poco y lanzó un suspiro.

En su mente se sucedieron imágenes de la novela, pero con ella ocupando el lugar de la malhadada protagonista. La novela, al parecer –según había leído hasta entonces–, trataba de una chica holandesa bastante neurótica que vivía en la casa de su difunta madre prácticamente aislada del mundo acaba besándose apasionadamente con la novia de su hermano, el cual le había encargado a la protagonista que acogiera a aquella. La escena del beso era casi violenta por desgarradora… o, al menos, así lo estaba sientiendo al leerla. Miró en la dirección donde se ubicaba la barra, aunque no pudiera verla dentro del lavabo, y suspiró. Se sintió sola, muy sola. Se palpó los labios.

Habían sido años muy complicados –volvió a suspirar–. Se hundió un poco más, hasta llegar a una posición incómoda. Se levantó. Se llevó la mano al corazón y recordó muchas cosas. Le dolió, punzantemente, el bajo vientre. Sola. Se miró en el espejo, se vio triste y, para fingir, tiró la cadena del váter.

Pasados unos minutos, la barista vio salir del lavabo a la chica. Vio en sus ojos una sombra que no se correspondía con cómo ella había entrado tan dicharachera a la cafetería… del mismo modo que todos los días. ¿Había estado llorando? No lo parecía, pero sí que se la veía apesadumbrada. Ella era una de sus clientas favoritas: siempre la saludaba con una sonrisa y siempre, al acabar, le devolvía la taza a la barra, con otra sonrisa en su boca. Sin embargo, siempre venía sola. Siempre sola, ella. Era un misterio con patas. Por conversaciones con ella, la barista se había hecho la idea de que la muchacha era una chica de mundo, extranjera pero arraigada en la ciudad, con educación, bella de un modo diferente a lo que el mundo llama “bella”, pero muy sola, muy, muy sola.

Le recordó a ella misma, que había vuelto a esta ciudad, su ciudad natal, después de décadas en una gran capital trabajando en un ambiente de dinero, fama, negocios y contactos importantes… Allí ella se acabó sintiendo vacía y asqueada, hasta el punto de rechazar un contrato de una gran firma de moda italiana con mudanza a Milán incluida. No, decidió volver a la ciudad de su infancia, arriesgando todos sus ahorros en esta cafetería. Ahora se sentía pequeña y sola. Sus días, de lunes a domingo, estaban consumidos por el negocio, que apenas llevaba algo más que un año. Iba bien, pero aún había mucho camino por recorrer. Entre cafés con leche, espressos, algún filtrado, bollos y contabilidad, su vida pasaba día a día detrás de la barra o en frente de una hoja de cálculo o llamando a un proveedor. Se sintió sola.

La clienta se colocó un abrigo negro que llevaba, se puso al hombro su mochila, con el libro dentro, y se dispuso a salir… En el camino, tropezó con una de las sillas, exclamando.

–¿Estás bien? –le preguntó la barista, saliendo rápidamente de la barra.

–Sí, sí, no te preocupes.

–¿Seguro?

–Sí, no ha sido nada. ¡Hasta mañana!

–Vale, de acuerdo… ¡Hasta mañana! –se despidió la barista, sosteniéndole la puerta de cristal a la clienta.

La barista vigiló cómo se alejaba la chica por la plaza mayor de la ciudad. Cuando la perdió de vista, suspiró, consultó su reloj de pulsera y, aunque faltaba aún media hora para el cierre de la hora de comer, colocó el cartel de cerrado y echó la llave.