Sus manos tersas me acariciaron mis hombros desnudos. Me estremecí muy llena de gozo… Dio un círculo en torno a mí, caminando calmada, sin dejar de rozarme con sus dedos. Yo me mantuve arrodillada, sin forzar postura, simplemente arrodillada y sonriendo.

Calipso vestía de blanco, transparentando casi toda su piel por entre las telas… Me rodeó una última vez y se inclinó hacia mi oído. Sus labios casi tocaron mis lóbulos y las hebras de su cabellera de bronce me acariciaron las mejillas, pero no me moví por mucho que yo quisiese. No, nada me retenía. Me retenía la orden que me había pronunciado antes…

Ahí, junto a mi oído, me ordenó:

–Desnuda los anhelos de tu corazón, Ariadna.


No soy ninguna sabia, ni experta. Apenas he estudiado sobre sexualidad y mi vida es una colección de experiencias muy atravesadas por situaciones extremas, también en lo erótico y lo sexual. He contado muchas cosas aquí que no hace falta repetir.

Últimamente estoy (re)descubriendo una parte muy kinky de mi deseo. Además, profundamente sumisa –sumi, sub–, pero alejada del sadomasoquismo, sino mucho más cerca del sensual play que de otra cosa. Hace un tiempo escribí sobre ello en El lado oscuro de Ariadna y, luego, ya en mirada de ficción, escribí Anhelo de cuerdas. Está siendo una ruta dentro de mí misma muy intensa, quitando de en medio muchos lastres, miedos, sintiendo qué hay dentro y qué no –es fácil querer caer en la imitación– y también cómo entiendo esta parte de mí…

A mí me enamora la idea de ser capaz de confiar tanto que pueda ofrecerme “entera” en una representación hiperrealista –la mejor explicación que me han dado sobre qué es el kink–, anular el “superyó” y sentirme libre en esa restricción.1 A la vez, es que es dar un regalazo a la dom/top: es “oye, sé que no me vas a hacer daño, tómame, porque confío”. Es que podría escribir párrafos y párrafos de lo que he ido descubriendo –y he hecho algún experimentillo muy inocente para sentirme en esa posición de sumi–. También podría escribir bastante sobre cómo me incomodaba la posición más dominante en cosas como el baile o incluso en mis relaciones sexuales –era lo que se esperaba de un “chico”– y de cómo estoy entendiendo el dolor profundo que vivía. Yo muchas veces he identificado ese dolor con la ruptura de identidad sexual como más básica –ser una mujer vista como un hombre–, pero al final es que también hubo una ruptura de la erótica propiamente tal. Claro, todo es parte del paquete “identidad”, pero digamos que he aprendido a mirar el objeto desde puntos de vista distintos.

Por otro lado, me ha tocado poner límites. Y ahí es donde entra aprender a ser porosa, como forma mucho más bonita de vivir que los extremos de cerrazón llena de pánico y la entrega total sin límites, que es lo que me hicieron tragarme para romperme en la secta.

Sin embargo, todo esto lo cuento como una introducción. Yo no quiero hablar tanto de sumisión kinky o de mis descubrimientos en particular, sino más bien, del proceso mismo de (re)descubrirnos. Que da mucho miedo.

Repito: no soy sexóloga. Solo soy una caminante. Estas son impresiones, nada más. Si alguien quiere que le recomiende sexólogas para trabajar temas, estoy encantadísima en recomendaros profesionales de mi absoluta confianza. Tan solo mandadme un email o un privado por Instagram

Sí que me atrevo a decir una cosita que, quizás es un poco particular para quienes somos personas queer o que, de algún modo u otro, estamos en algún margen de esto que llamamos sexualidad. Necesitamos comunidad. Solas es muy complicado sentirnos lo suficientemente fuertes como para vencer nuestros miedos, especialmente si se nos ha dicho por activa o por pasiva que nuestros deseos son malos, sean los que sean.

Yo puedo tener los deseos más increíbles en mi corazón, pero sin las conversaciones que he llegado a tener, me habría quedado en ese estado súper complicado de creer que eso está muy lejos… De ahí a adquirir, por ejemplo, una homofobia rabiosa, hay un paso. O, en mi caso, agachar la cabeza súper triste y decirte… No, no merezco… Renuncio… Y creo que no hay tristeza más amarga que esa.

Conocer a otras personas –creo que entre mujeres es aún más fuerte esto– que se alinean –nadie será idéntica a ti– con tus deseos y formas de entenderse y entender y vivir el Eros es la mejor manera que he encontrado para poder descubrirme luego yo, en mi soledad, sabiendo que no hay nada que temer. Sabiendo que, incluso, no tienes por qué experimentar todo sola. Que serás acompañada, de un modo u otro. Que dentro de las diversas minorías sexuales es muy común que las babies estemos confundidas: normal. Ya, duele, porque es una vuelta a empezar… a veces más de una vez, si te cruzan varias intersecciones.

También viene el ahogo del FOMO. El “Mierda, me muero por hacer… Me muero por saber lo que se siente… ¿Por qué el resto parece más lanzada que yo…?”. Compasión, cielo. Realmente lo que hay ahí es una afirmación de tus deseos, pero que no te lleve por delante. La realidad a veces nos limita de maneras muy frustrantes e injustas, porque muchas veces son injustas. El trauma es injusto, pero no solo es el trauma. Puede ser también que estés en una situación personal donde objetivamente no tengas formas de conocer a personitas de la forma que te apetezca: eres nueva en la ciudad, tienes una mala situación económica, no conoces bien la lengua del lugar o no estás a gusto con lo que ves en los ambientes… Ese FOMO yo intento cogerlo para darle la vuelta y decirme: “Vale, me siento sola o que todo es muy difícil para mí, pero lo siento porque hay un deseo…” Y exploro ese deseo, qué significa, por qué es tan intenso… A veces incluso lo he llegado a hablar –da mucha vergüenza– y yo siempre me he encontrado con una frase: “Ve a tu ritmo”. Sí, jode que el ritmo a veces vaya marcado por el mundo. Y no, no es ser sumisa aceptarlo, porque ahí ese ritmo no ha sido consensuado: es que hay estructuras del mundo, especialmente las económicas y también lo que hayas sufrido, que son violentas y nos restan libertad.

Sin embargo, hay algo que quizás yo soy la primera que debe recordárselo cada mañana y voy a decirlo en inglés porque la persona que me lo dijo fue en inglés: Have lots of fun! Y voy a agregar una cosita que me dijo otra persona, más específicamente sobre el kink: Kink can be truly empowering! Esa segunda persona es alguien que vivió un historial de abusos graves y dentro de la escena. Vamos, que podría haberse rebotado por completo y haber abandonado con tristeza algo que ella deseaba… y habría sido legítimo… pero ella escogió una vía de empoderamiento, de “no me van a robar aquello que amo y deseo”. La primera, quizás con menos historia oscura, es lo mismo: lo deseamos porque nos queremos divertir. Hablo de prácticas minoritarias más porque es mi trabajo interno en este momento, pero podría ser lo mismo para una transición de identidad sexual: a mí me costó adoptar la mirada positiva, partiendo de una mirada muy de “Ufff, al final soy esto, ahora qué hago, cómo…” y con mucho dolor que a veces se traduce como en una obsesión por el control muy complicada: cómo eres percibida, cómo no, cómo lo vas a hacer, qué pasará… y eso te roba el deseo, te roba la luz… Es como un fantasma del pasado que intenta robarte el presente y el futuro.

Yo soy la primera que cae en lo sombrío. Es legítimo dar cabida al dolor si lo tenemos. Sin embargo… tía, levanta la mirada: tus deseos, tu orientación, tu identidad… tu sexualidad, cariño…

Es preciosa, está para que te sientas bien con ella, para que la explores con gozo. Levanta la mirada a un horizonte soleado. Poco a poco, pero es que entre las nieblas de tu corazón se esconde un sol brillante. Y ojo, esto no quiere decir que si, en un encuentro dado o en un momento contigo misma o en tu cuestionamiento, te sientes insegura o te sientes mal eso quiera decir que lo estés haciendo mal. El sexo trae dolor, trae llantos y desazones y malentendidos y rupturas y reparaciones, pero eso no significa que lo estés haciendo mal. Puede incluso que sufras abuso; ahí con más razón: es quien te abusa quien está haciendo mal, no tú. En cualquier aventura –y la vida es una aventura– hay momentos complicados en una escala muy infinita de grises muy diversos. Pero escúchame, a mí, a la que ha pasado por valles de lágrimas muy complicados por razón de su sexo: Vale la pena levantar siempre la mirada y decirnos que tenemos derecho al amor y a seguir buscando una sexualidad con la que sentirnos bien y parte de nosotras mismas.


–Ari, después de leerte, creo que sabes muy bien lo que quieres hacer ahora, ¿no?

Tomaba una Coca-Cola con mi querida Calipso en una terraza en una calle céntrica de una ciudad a la que deseo con todas mis ansias volver. Hacía calor. Los autobuses subían hacia el barrio alto con prisas. Escuchaba el traqueteo de las maletas de los turistas subir y bajar.

Bajé la cabeza con tristeza, pero satisfecha. Las despedidas siempre son duras. No, no de Cali. La despedida es con este Bloguillo. Le tomo la mano a la Diosa para poder escribir esto a continuación.

Este lugar ha sido durante más de dos años mi lugar de exploración. Sin embargo, principalmente de la exploración de mis sombras para poder salir de ellas. Ya no soy esa mujer tan herida. “Tan solo” –no os imagináis lo bonito que suena esto– soy una mujer que pasa agobios bastante naturales.

No soy buena ensayista. Ni siquiera soy sexóloga. Lo que soy es artista. Esa palabra la he evitado toda mi vida, quizás por haber visto la frustración que vivió mi madre por ser artista también. No solo soy artista con mis palabras, sino también con mi cuerpo.

Me dedicaré exclusivamente a los relatos eróticos. Y no será a través de este sitio, sino que será primero en el refugio de mi ordenador. Quiero publicar una pequeña antología que ya he comenzado, más poética, y quiero explorarme muy, muy a fondo, con relatos que espero que se puedan publicar de un modo más tradicional. Recuperaré –y seguramente expandiré– algunos que he publicado aquí.

Quiero fantasear y escribir esas fantasías. Quiero darles la oportunidad que se merecen, en publicaciones bellas y cuidadas, más revisadas –ahí están los editores– y, para ello, creo que será mejor hacerlo de un modo más silencioso, fuera de la tentación de publicar aquí, que ha sido un lugar más bien para mi propia terapia.

Creo que me merezco ahora una intimidad muy libre y bonita para buscarme y encontrarme de un modo mucho más radical. Tengo un camino enorme, enorme, enorme de poner el cuerpo y voy a decir… de ponerlo al servicio de mis deseos… y también prepararme para acompañar a otras personas tal y como yo he sido acompañada.

Una compañera súper linda me dio un nombre muy gracioso, que yo abrazo, de qué es lo que, en el fondo, deseo ser así de forma integral: “Una mamarracha”. Una mezcla de relaciones públicas de lo erótico y sexológico, escritora más bien de relatos porque he aprendido a creer otra vez en la fantasía y la ficción, una bellísima aventurera de lo corporal, la lesbiana menos puritana que se os pueda ocurrir –chicas bisexuales, gracias por enseñarme tanto… sáficas unidas, nenas: que Safo nos está mirando–, transexual encima con muchísima luz hoy en día, bailadora de salsa, kinky, anarquista relacional que no sabe ni cómo llegó a serlo… pirotécnica intensa a mil… pero esta mamarracha lo que quiere es, estudiando de verdad y también con arte, que nos tratemos con mucha luz.


  1. Recomiendo leer este post del blog de Natasha Nawataneko. ↩︎