Llovía. La muchacha estaba arropada en su manta, sentada de piernas cruzadas sobre su cama, con una taza caliente de café filtrado que se había preparado hacía unos minutos. Una libreta con cubierta de dibujos florales reposaba a su lado, cerrada, con un bolígrafo colocado encima. Abrazaba la taza entre sus dedos, pensativa, mirando hacia fuera de su ventana. Chorros de agua caían del cielo y se volvían lágrimas que lamían el vidrio que separaba el rostro de la muchacha del frío exterior, pero no de su gris espesor.

“Había pasado tiempo”… Eso al menos era lo que ella creía. Levantó su nariz un poco, estirando su cuello de piel tostada. El moño en el que llevaba atado su pelo se desmoronó un poco con ese movimiento. Había pasado tiempo. Recolocó sus hombros para deshacerse de la mala postura y ponerse recta. Su pecho se empinó y adquirió dignidad regia. Inspiró. Exhaló por la nariz. Su mirada era seria, tan seria como aquella tarde lluviosa que, además de gris, comenzaba a oscurecer.

Por la ventana, aun estando cerrada, entraba un pequeño frescor de fuera. Podía sentirlo en la punta de su nariz y en los bordes de sus labios. Sin embargo, ella, debajo de su manta, apenas llevaba un camisón de seda carmín de tirantes. Su clavícula inmaculada quedaba al descubierto un poco por entre los pliegues de la manta. Sus brazos, decorados con constelaciones de lunares pequeños, adoraban el tacto ambiguo entre el frío de ese final de invierno y la tibieza de la manta.

Una gota grande cayó dejando un arroyo sobre el vidrio, atrapando a otras en su avalancha hacia el final trágico que significaba el borde inferior de la ventana. Detrás de aquella cortina acuosa aún se adivinaba el patio interior en el que, normalmente, jugaban los hijos de la vecina o la propia vecina tendía su ropa. Hoy no. No hoy. Hoy, según podía entrever ella a través de la interferencia de las gotas de lluvia, el patio era un desierto anegado por las canaletas obstruidas.

Se acomodó nuevamente. Comenzó a hilar un pensamiento desde una semilla. Inclinó la cabeza ligeramente hacia su hombro izquierdo y volvió a beber un sorbo de su café.

–Se acabó –se dijo en voz alta.

La lluvia continuó del mismo modo que llevaba cayendo desde hace varios días y, según el pronóstico metereológico, así seguiría cayendo unos cuantos días más. Sin truenos, sin nubes dramáticas que amenazaran como garras desgajar la ciudad de sus raíces en la tierra, ni tampoco relámpagos que iluminaran con luz perversa un cielo embravecido. Se acabó, pero todo seguía igual de indiferente allá afuera: un cielo gris, una lluvia monótona, el silencio y un frío que invitaba a la tentación de dormir durante meses hasta que llegase la primavera.

La muchacha apartó la taza de café. Decidió no beber el último sorbo. Se soltó el pelo. El sol, aunque no pudiera apreciarse detrás de las nubes, comenzaba a tocar el horizonte en su descenso. Inspiró, exhaló y las dos velas de la mesilla de luz, a sus espaldas, se encendieron luciendo sendas llamas largas y esbeltas. La chica sonrió.

Cogió entre sus dedos el bolígrafo y la libreta que tenía a su lado. Se fijó por un instante en las flores de color violeta impresas sobre la cubierta de fondo blanco. La abrió en la última página escrita y la primera en blanco. Leyó la última frase, que había grabado en trazo duro, casi doloroso:

–Siento que mi corazón yace apagado en cenizas blancas.

La tachó. Tachó también lo demás que venía antes. Inmediatamente, dirigió la punta de su bolígrafo a la página en blanco y comenzó a escribir. Su trazo era ligero, con velocidad de alma que necesita escribirse para poder deshacerse de los lastres. Poco a poco, la manta que cubría su cuerpo se fue cayendo de sus hombros y de su torso por el simple movimiento de la escritura, de la caligrafía y de tornar las hojas. Su tinta era un río que hablaba con el susurro de la bola metálica a cada roce de esta sobre las fibras del papel.

Comenzó a sentir calor. Se bajó instintivamente uno de los tirantes, haciendo una pausa pequeña al escribir. Siguió sintiendo calor. Las velas bailaban peligrosamente desde la mesilla de luz y el efecto de sus llamas comenzaba a hacerse notar en ese atardecer opacado por la lluvia. Comenzaba a sentir una sensación como de aire que surgía de su piel, de un aire cálido que podía ser como un vapor invisible. El camisón revelaba su pecho. Siguió escribiendo.

Las gotas de la ventana se volvieron un poco más densas, un poco más lentas al caer. Dejaban un rastro como terroso, como oxidado. Ella se fijó e intuyó de qué se trataba. Sin embargo, no iba a dejar que esas gotas la distrajeran. Es que había pasado tiempo. Había pasado tiempo y ella no se había parado a escribir sobre todo aquello nunca hasta ahora. Había escrito ensayos, había dado lecciones de filosofía en charlas y había, incluso, escrito poesía, pero nunca había mirado de frente todo aquello. Las gotas comenzaron a turbarse, a volverse casi gelatinosas. Ella sudaba y necesitó desnudarse entera porque su piel ya no soportaba el contacto con la seda del camisón.

Se observó. Observó su piel y su herida. Respiró hondo con la libreta cerrada a medias entre los dedos que la sostenían. El aire entró por su nariz hasta los pulmones y otra vez hacia fuera. Su sangre hervía. Su piel comenzó a encenderse. Poco a poco, primero una película casi impercetible, pero cada vez más y más, unas lenguas como de fuego comenzaron a surgir desde su cabello hasta la punta de sus pies, pasando por su vientre, por sus ingles, por sus rodillas y qué decir de su cuello, brazos… Toda ella brillaba en un fuego que restaba luz, que oscurecía alrededor de su figura. Era un fuego negro, sombrío, ardiente y frío, que no la quemaba, ni quemaba nada.

Tomó en sus manos la libreta. La cubierta era plateada, con rosas negras sangrientas encarnadas. Con la pluma de cuervo, majestuosa, de brillos casi petrolíferos, escribía rápido, danzante y con una sonrisa en sus labios pintados. Mojaba la pluma de vez en cuando en el tintero que resposaba encima del radiador estropeado, ubicado justo debajo de la ventana. Había pasado tiempo, pero ahora el tiempo era suyo.

La ventana tomaba un tinte rojizo, primero indistinguible, luego férreo. Ella levantó su mirada oscurecida y sintió la necesidad de abrir aquella ventana para mojar sus dedos en esas gotas enrojecidas. Cogió una. Cerró. Se la llevó a la nariz. La chupó y el sabor a hierro le pareció delicioso. Se volvió a mirar y, dejando de lado la libreta, escribió con tinta en su muslo: “Salvada”.

El remolino de fuego negro aumentó y apagó las velas, reemplazando sus llamas por otras también negras. Las paredes blancas ya no lo eran. Se levantó de la cama y danzó, desnuda en el centro de la habitación, una canción que solo ella era capaz de escuchar. Se miró, de pasada, en el espejo de pie. Escudriñó sus curvas, se jactó con risa solemne por el trazo que se deshacía en su muslo para transformarse en un garabato de gotas negras. Se vio coronada de una llamarada oscura que cubría su cabellera como un velo informe y terrible a la vez. Se limpió el muslo con una toalla que estaba tirada sobre un taburete, junto con otra ropa sin lavar. Se miró los brazos, los dedos, cómo las llamas parecían jugar entre ellas por los recovecos de su cuerpo, por los pliegues, cómo vivían vidas nuevas al respirar o al moverse ella… Se movió ligera por la habitación, casi sin tocar el suelo. Hundió sus dedos en las nuevas llamas negras de sus velas, sin quemarse. Volvió a la cama con un hambre atroz por un orgasmo que uniera las llamas que nacían de su cuerpo con la sangre de la ventana y con los fluidos más cristalinos de su sagrado cuerpo a falta de no verter su propio sangrado aquellos días.

Sin embargo, no era el momento.

Volvió a la tarea. Cogió la libreta. Siguió escribiendo. Cada palabra creaba más sombras a medida que las llamas se volvían más densas y ella más ligera. Ya no podía verse nada por la ventana. Se oían los gritos de gente, pero los ignoró. Escuchó el crujir de las cervicales de quien le hizo aquello hace tanto tiempo y, con un suspiro, cayó como desmayada a la cama.

Se despertó a la mañana siguiente desnuda y fuera de las sábanas. Vio la toalla manchada en el suelo, las velas consumidas que se habían convertido en dos masas sin forma y el bolígrafo sobre el radiador. Miró por la ventana y el día estaba soleado. Podía ver el patio en todo su esplendor a través del cristal limpio. Hasta podía escuchar las aves cantar. El camisón estaba revuelto dentro de las sábanas. Tenía hambre. Le rugía el estómago. Todo olía como a rosas. Se asomó a ver a los pies de la cama, de donde venía el olor más fuerte, y se sorprendió.

Del interior de la libreta abierta habían brotado rosas, blancas, más claras y rojas también. Una era negra, la del centro, rodeada por las demás. En total serían unas siete que se apretaban… ¿o quizás eran nueve? Tomó la libreta en flor entre sus manos y se la llevó al pecho. Sonrió. De lo que había escrito no podía leer nada, porque las flores tapaban el fondo del papel. Relajó los hombros y se tumbó en la cama otra vez, despatarrada, sin vergüenza ninguna. “Me declaro a mí misma espectáculo para el deleite de las Diosas”, pensó y se acarició las caderas.

Había pasado mucho tiempo, pero aquella mañana todo aquello se había acabado. Ella lo había acabado. Era un día nuevo. Así, acostada, miró por la ventana y decidió que iría a tomar un café al centro de la ciudad. Sí, era un día nuevo.