En el barrio histórico de aquella ciudad hacía un sol brillante que evaporaba lentamente los rastros de la lluvia que se habian quedado de la noche anterior entre las hendiduras de los antiguos adoquines. Con paso decidido sobre esas mismas piezas de piedra centenaria, la muchacha caminaba con paso ligero, canturreando. De su brazo colgaba una cesta de mimbre llena de flores de todas las formas y de todos los colores.

–¡Tome una, doña Matilda! –dijo, entregándole una a una señora entrada en años que ponía a punto el escaparate de su verdulería.

–¡Gracias, bonita!

La niña sonrió muy, muy feliz.

Todos los días, sin importar si hacía buen tiempo o si llovía, si hacía calor o si hacía frío, ella paseaba apenas despuntaba el sol con su cesta de flores y les entregaba a todos una: a tenderos, a paseantes o incluso a algunos borrachuzos que dormían aún la mona en los bancos. La cesta parecía no tener fondo. A todos les ofrecía una sonrisa y a todos les alegraba el día. Si era domingo o era festivo entregaba menos, porque había menos gente por la calle, pero ella salía igualmente.

Sus pasos eran saltarines. A su paso su pelo, largo hasta casi las lumbares y de un color que mutaba entre el castaño y el cobre, flotaba con movimientos graciosos y desordenados. Toda ella brillaba como una niña. Sus ojos eran vivaces y curiosos, siempre en movimiento. A su sonrisa le faltaban dientes, pero ella no la ocultaba. Se reía con gusto y, cuando lo hacía, sus ojitos se achinaban levantados por sus pómulos que parecían dos mandarinas. No era una niña, pero su alma decidió vestirse de tal modo.

Ninguna de las flores estaba marchita, ni pocha, ni fea. Para ella eso era importante. Con paso alegre, de frecuencia estocada y ligeros golpes de sus tacones sobre las piedras de la ciudad, dio flores al farmacéutico, a la patrulla de la policía municipal, al barrendero, al dueño de aquel bar al que ella nunca había entrado antes, a la joyera y a la carnicera de la esquina de la plaza mayor. Se topó con un concejal y a él también le dio una flor.

Dirigiéndose hacia una de las callejuelas estrechas que llevaban al oeste, pensó en su interior que algún día compraría una bicicleta para hacer la ronda. Pondría la cesta en el manillar y podría ir más rápido y podría darles más flores a más vecinos de más calles del barrio histórico. Sin embargo, a pie, con sus zapatillas viejas que ya hablaban, su ronda se concentraba solo por las calles más neurálgicas de ese casco urbano de origen medieval, hasta acabar de entregar todas las flores. A veces alguien tenía la mala suerte de quedarse sin la suya, pero ella recordaba quién y se aseguraba de que, al día siguiente, esa persona obtuviera dos. Su misión era diaria: entregar las flores a todo aquel a quien ella pudiera.

Al volver aquella mañana hacia su casa, ubicada junto a una de las plazas que conformaban ese laberíntico casco urbano, su mirada dio con un espejo que unos operarios estaban montando en una nueva tienda de ropa o de joyería o de a saber qué. Se vio, primero, con la cesta vacía ya de entregar todas las flores. Sin embargo, también vio su estatura pequeña, las sutiles arrugas en sus ojos, su sonrisa sin casi dientes delanteros, su pelo enmarañado y su nariz enorme. Su camisita tenía un agujero en el hombro, pequeño, pero ahí estaba. Llevaba una bufanda enorme para no tener frío, pero en el reflejo se dio cuenta de que se le había medio caído y no le tapaba mucho el cogote. Se la arregló con orgullo.

–Soy feúcha.

–No, no lo eres. Eres muy bonita.

Ese intercambio ocurrió la primera mañana que ella salió a repartir un par de flores. Nadie nunca supo por qué comenzó, pero aquella mañana hace mucho tiempo, la verdulera, doña Matilda, fue la que recibió la primera: una rosa un poco pocha. En aquel tiempo la niña tenía el mismo aspecto, pero le habían robado violentamente la sonrisa y el barrio lo sabía. Cuando doña Matilda, recibiendo la rosa, le dijo “No, no lo eres. Eres muy bonita”, la niña se rascó la nariz y siguió su camino no muy convencida por aquellas palabras.

Pero aquella mañana, delante del espejo, se repitió a sí misma las palabras de doña Matilda. Feliz, dio un saltito. No, no era feúcha. Sí, era bonita. Le guiñó un ojo a su propio reflejo, a escondidas de los operarios, que estaban peleándose con unas placas de metal que no querían ser unidas con tornillos. La niña se giró sobre sus talones y dio los últimos pasos a casa, bamboleando la cesta vacía, que pivotaba de su codo derecho. En casa la esperaba una amiga, su hermana del alma.

–Soy muy bonita –se dijo, fantaseando con todas las flores que iba a poder dar con una bicicleta.