Hogar
La niña entró corriendo a su nueva habitación. Se tiró encima de la cama, aun cuando solo tenía el colchón puesto, sin bajera, ni sábanas. ¡Ni la alhomada tenía funda! ¿Qué importaba? Era su nueva habitación, su nueva cama, en un pueblo nuevo a las afueras de la capital y era suya.
Se imaginó montando una mesa para que sus muñecas –que aún no tenía– tomaran el té. Se imaginó probándose los vestidos –que aún no tenía– ante el espejo de pie que había en la habitación. Dio un giro sobre su talones mientras se imaginaba como una princesa mágica de las películas. Se sentó en el suelo, de madera vieja, y le fascinó la luz que entraba por la ventana. Sí, esta era su habitación. Aquí viviría hasta estudiar o hacerse mayor… ¡o hasta casarse!
Su madre, una mujer delgada, con ojeras, lo mejor peinada que podía, la miraba apoyada en el marco de la puerta. Ella veía una habitación digna, pero que habría que decorar para que su hija pudiera sentirse en casa. En casa. Qué extraña se le hacía la expresión. El verano había sido duro, pero aquí estaban.
–Ya no nos tendremos que mudar más, cariño.
Sin embargo la niña estaba en su mundo. En su imaginación esa habitación era su palacio y ese departamento, el reino de mamá. La cocina enorme le había parecido un salón de baile, el baño con su ducha le parecía un rincón acogedor ¡y las paredes vacías se iban a llenar de todos sus dibujos! Todo esto le decía ella, con ritmo atronador, a su madre, que la escuchaba de brazos cruzados sonriendo pero exhausta.
La madre pensó en que quizás debería haber llamado a una de sus amigas que las había acogido estos meses de penurias para que la ayudase con la mudanza y poner la casa en orden.
–No quiero ser una carga –se dijo–; ya lo he sido demasiado.
–¿Cuándo veremos a tía Lily? –preguntó la niña.
Tía Lily era, justamente, una de esas amigas, la que las mantuvo en su casa dos meses mientras ella peleaba por conseguir justicia. Un dolor atravesó su piel en zonas que ella ya sabía que le dolerían muchos años… pero más le punzó el dolor en su pecho, en el corazón. Quiso llorar.
–¿Mamá?
–No, no sé, bueno quizás la semana que viene –contestó, volviendo en sí–. No queremos molestarla mucho, ¿sí?
La niña no entendió. Recordaba esos dos meses como una aventura en la que ella y mamá habían cruzado ciudades, habían vuelto a su ciudad natal, habían vivido en varias casas y ella había conocido amigas de mamá que, hasta entonces, solo habían sido leyendas lejanas. No quería entenderlo. Ella quería ver la sonrisa de Lily y le quería mostrar los planes para su habitación.
–Voy a la cocina, cielo. ¿Vienes o te quedas en tu cuarto?
–¡Me quedo! ¡Tengo mucho que pensar!
“La niña me va a salir decoradora o arquitecta”, pensó la madre, dándole un beso en la mejilla. “O mejor abogada o bruja”, pensó inmediatamente. Dirigió sus pasos a la cocina. Esta era un espacio enorme, cuya antigüedad se medía en los metros cuadrados que tenía. Un ventanal enorme daba a un patio al que ella aún no se había atrevido a salir. La luz del sol pintaba de dorado los azulejos marrones con motivos florales que recubrían toda la superficie de las paredes.
Se acercó a los armarios y buscó un vaso de agua. Abrió el grifo. Pensó en que debía salir a comprar. Comprar. Qué raro se le hizo darse cuenta de que ahora volvía a tener dinero en su cuenta bancaria, dinero suyo, de la pensión que había conseguido. Recordó cómo la obligaba a pagarle sus deudas y ella se quedaba sin nada. Suspiró. Tenía la próxima cita con la terapeuta pronto. Menos mal.
Con el vaso de agua en sus dedos temblorosos, miró al patio. “Es una vida nueva”, le dijo Lily cuando hacía una semana había conseguido que le pagaran y, encima, alquilar este piso.
–Una vida nueva… –musitó, con miedo.
Unos brazos atraparon sus piernas y caderas. Eran los de su hija. La madre se agachó para darle un abrazo fuerte, contra su pecho.
–Te quiero y no voy a permitir que te pase nada malo –le dijo.
–Yo igual, mamá.