A decir verdad, la ducha era un tanto estrecha, pero no tanto como otras en las que se había metido en su vida. Era de aquellas con puertas corredizas de vidrio esmerilado que cerraban en ángulo recto en la esquina izquierda. Se había metido hacía un par de minutos, con el agua ya encendida y se había mantenido ahí un momento, dejando resbalar el agua sobre su cuerpo, tibia y líquidamente. Mantenía la mano junto al nacimiento del hombro, como queriendo liberar tensión de este, mientras la lluvia de la ducha caía por el camino que trazaban sus dedos hasta su codo. Suspiró y se dijo en voz alta a sí misma:

–Una bañera me vendría bastante mejor. Sí, una bañera como las antiguas, y llena de leche de burra tibia mientras me masajean el cabello…

La realidad, sin embargo, era esta ducha.

Como tenía el pelo –negrísimo– sin mojar del todo, retrocedió un poco hasta posicionar su cabeza debajo de la fuente de agua. Cerró sus ojos, mientras dejaba su cabeza atrás, y, con sus uñas largas, se arañó suavemente la piel del flanco, bajando hasta sus caderas. Se estremeció. Le gustaba esa sensación, la de estremecerse. Era la chispa eléctrica que reclamaba con hambre vital su cuerpo.

Ella entregaba al cosmos una presencia inevitable. Su cuerpo no era de los actuales, sino más bien de aquellos que retrataban los antiguos maestros del arte. Donde hoy quizás hay tensión, en sus carnes había libertad de movimiento grácil, redonda, que tomaba espacio sin vergüenza ninguna y mostraba con orgullo pliegues que decoraban barrocamente pero sin exceso su fisonomía. La piel tostada era real, de sol absorbido y de sol irradiado a través de su sonrisa de labios gruesos, el baile natural de sus pechos, vientre y caderas, y la alegre vida de unos muslos que gritaban por correr, jugar y bailar en las montañas, las llanuras y los mares del mundo. Y bañado por esa cascada vivía su monte, el suyo íntimo, que tantos otros había besado en sus bocas ocultas.

Atajó el pelo entre sus manos, escurriéndolo. Pensó en que era ya el momento de aplicar el champú sobre su cabello, pero decidió que esperaría un poco más. Al fin y al cabo, ¿por qué no alargar un poco una ducha de mediodía? A través de la ventana del baño se colaba la luz del sol de aquel fin de invierno, que se colaba por una segunda vez por el vidrio semiopaco de la mampara de la ducha. Como los azulejos del baño eran de un marrón claro –o crema oscuro– toda la luz que venía del exterior se teñía de un calmo tono cálido, casi de ensueño, que envolvía en silencio el acto de tomar una ducha o de mirarse en el espejo.

Se sentó sobre el plato de ducha –de cerámica blanca– de manera que el agua le cayera sobre los muslos. Cerró los ojos y en su alma vio los edificios de una patria antigua. Se acarició jugueteando con las punta de sus uñas y dibujando formas con las gotas que se quedaban suspendidas sobre su piel de seda… ¿No se parecía a una constelación? Siete gotas, siete estrellas, que unidas formaban una más grande de siete puntas. Y fue entonces cuando escuchó que alguien tocaba a la puerta del baño y, apoyando su cabeza mojada sobre los azulejos tibios, dijo:

–¡Entra, entra, sí!

La puerta del baño se abrió y la mujer vio una silueta de otra mujer pasearse por delante de la mampara de transparencia imperfecta.

–¿Cómo estás? –dijo la voz de la otra–. ¿Quieres que me una?

–Ay, por favor, sí.

Vio cómo el fantasma opacado hacía una maniobra, algo dijo de quitarse el maquillaje primero y, después de unos minutos y de un momento en el que cayó agua del fregadero, escuchó la ropa de ella caer al suelo. La mampara se abrió y con un ligero titubeo entró una muchacha de piel más blanquecino, pelo oscuro no tan ondulado y ojos almendrados de color castaño. Restos de máscara poblaban un poco sus párpados. Sus pechos eran pequeños y su cadera no gran cosa tampoco. Lo que era hermoso en ella eran su clávicula tan aristocrática –adornada por un collar plateado con forma de luna menguante– y esa bella broma de la naturaleza que llevaba entre las piernas.

–¿Pero qué haces ahí sentada? ¡Esto no es una bañera! ¿Cómo voy a caber yo ahora aquí?

–Te puedes sentar entre las mías; creo que cabemos.

Maniobraron riéndose y sí, cabían. La recién llegada era más pequeña y se acomodó entre los muslos fuertes de la otra, que la abrazó, mientras le besaba en el cuello. Selena decidió dejarse hacer porque ¿cómo negarte a unos mimos así? ¡Sería imperdonable! Le encantaba la sensación que le dejaban esos labios gruesos en su piel, siempre como más cálidos, juguetones y ligeros… Había sido un día largo y comenzó a explicarlo… pero… Selena se fue callando progresivamente a medida que recibía ahora un paseo juguetón de las uñas largas y penetrantes de su amada por su espalda. Y así el relato del día se fue deshaciendo hasta una simple sucesión de ronroneos… Completamente rendida, Selena se recostó aún más, mirando a sus benefactora y refugio con sus ojos abiertos desde abajo… Con mimo y esa mirada de seda que solo puede existir en una enamorada, llevó el dorso de su mano larga y estrecha a la barbilla redonda de su amada, Babalón.

La antigua Diosa Escarlata comenzó a acariciarle a Selena con las yemas de los dedos los hombros desnudos. Y, mientras recorría la piel de ella, Babalón recordó aquella noche hace años en la que conoció a la mujer que tenía entre sus piernas. Si es que eres divina, con un fuego inmortal que, en vez de incendiar, llena de luz un altar hermoso encarnado en ese cuerpo de leyenda… Entonces, Babalón asomó un poco la cabeza para poder mirar, un poco mejor desde su posición, ese cuerpo esotérico de la Diosa Nueva, que unía lo separado en uno solo, hermafroditamente, recuerdo de un eón ya pasado, de cuando héroes y heroínas y Diosas y Dioses pisaban los caminos de esta tierra llenándola de belleza imperecedera con sus gestas y sus presencias inmortales… Ay, qué tiempos estériles estos del hombre moderno… Pensó en cómo Selena habría sido adorada en los tiempos antiguos, como la adoraron a ella misma… Tomó un segundo entre sus dedos el colgante de luna de Selena, solo un segundo; Selena se dio cuenta pero hizo como que no. Una lágrima se camufló entre las gotas de la ducha y Babalón, con el corazón calmadamente encendido, achuchó a Selena fuerte, que se rió casi como una niña.

–Mi adorada Diosa pequeña –le dijo, al oído–. Nunca olvides quién eres.

–¿Por qué tanto amor hoy, Babi? –preguntó Selena, dándole un mordisquito en la mandíbula a su amada.

En vez de contestar –¿para qué?–, Babalón dijo:

–Sele, te voy a lavar el pelo.

Con sus dedos largos, Babalón intentó alcanzar el bote de champú, que había sido testigo de la escena desde una esquina de la ducha, pero no era capaz. Con una sonrisa, Selena se lo acercó, que estaba más cerca. Esta se acomodó, recostándose sobre el pecho de Babalón, y cerró los ojos en cuanto sintió los dedos de su amada masajearle la cabeza haciendo brotar espuma blanca… Pensó en su madre. ¿Era extraño eso? No, no es extraño, querida. Con mano confusa, entre firme y dubitativa, Selena le comenzó a acariciar la pantorrilla –un poco a ciegas por la espuma– a Babalón. Todo se sentía bien. Había sido un día confuso y este lavado de cabeza enebrado por los dedos siempre tan hábiles de Babalón la llevaban suavemente, en una nube de jabón, a un sueño lúcido en el que le pareció ver como una ciudad muy antigua, en terreno arenoso pero fértil, con palmeras, y un templo antiquísimo. Mientras tanto, la otra Diosa se sonreía y, lavándole el pelo con esmero, aprovechaba de vez en cuando para besarle la espalda a Selena o los hombros o jugar traviesamente con sus pechos cogiéndolos en sus manos enjabonadas desde atrás…

–Te quiero.

–Y yo a ti.


Tumbadas con toallas enroscadas a modo de turbantes para secar sus respectivas cabelleras y enfundadas en sus batas –Babalón una roja y Selena una azul oscuro–, se quedaron toda la tarde en el sofá dormitando. Como si se tratara de un vapor misterioso, los aromas de los perfumes y lociones que se ofrecieron la una a la otra al acabar la ducha llenaban el salón. Era una tarde de viernes en la que la ciudad ya moría sacrificándose ante el fin de semana y la paz entraba como un velo suave por la persiana bajada ante la ventana…

Durmieron la siesta juntas y ahora era Babalón la que se recostaba sobre Selena, sobre su vientre. Eran días de amor.