Cierre
Detrás de la cristalera de aquella panadería, la vendedora limpiaba con el trapo el expositor de vidrio en el cual, hasta hacía una hora más o menos, se podrían haber encontrado los últimos bollos del día… pero la clientela había arrasado con todo, así que la limpieza se hacía más fácil esta tarde. Eso sí, ella se había reservado un par de los bollos, dejándolos encima de una bolsa de papel a un lado… Nada extraño; era costumbre en aquella panadería hacerlo.
Dejando el trapo un segundo, la chica se estiró un poco. Demasiadas horas de pie, seguramente. Inclinó el cuello a ambos hombros, cerrando los ojos con una sonrisa presionada entre sus labios como de satisfacción. Era de pelo castaño, de piel brillante y llevaba los brazos tatuados con motivos florales que reptaban hasta esconderse tímidamente dentro de las mangas cortas de la camiseta negra reglamentaria. Llevaba el pelo recogido en un moño alto. Era de esas presencias que eran parte del barrio y que alegraban el día: siempre sonreía, siempre era amable, siempre tenía unas palabras para las abuelas y también un cachito extra de pan para ellas.
Suspiró hinchando sus pulmones primero y, luego, exhalando. Miró de reojo junto a la caja. Ahí, a un lado, estaba aquel sobre que había recibido en casa justo al salir a trabajar y que había abierto en el autobús de camino a la panadería. Volvió a suspirar. Le brotó una lágrima.
Se dirigió, limpiándose las manos en el delantal, hacia la cafetera. Acarició con delicadeza el mango del portafiltros que descansaba sobre la rejilla, paseando sus dedos sobre este. ¿Un café…? No, mejor no. Purgó la máquina, incluida la lanceta para cremar la leche y comenzó la rutina para limpiarla.
Una brisa no tan fría acarició la pelusilla ondulada que poblaba su nuca con hebras confusas e infantiles. Se llevó la mano izquierda al cuello y la posó un momento ahí. Qué viaje habían sido todos estos años… Suspiró con una sonrisa, recordando el contenido del sobre, aquella noticia que ella tanto había deseado que ocurriera incluso rezando de cuclillas en suelos fríos, con el estómago vacío y el dolor de cabeza difuso tan característico de cuando una pasa días comiendo nada o casi nada con un negativo amenazador en la cuenta bancaria. Pensaba en momentos que había vivido, acumulando ya moquillos y lágrimas… Seguía limpiando la cafetera, ahora aplicando el descalcificador y limpiador en el circuito, pero su mente se escapaba a pasados horrendos en los que su alma y su cuerpo habían sido violentados y ella había sido llamada “parásita” por su padre… y aquel piso insalubre en el que cayó por desesperación… ese trabajo en negro… y luego… la humillación en servicios sociales… y al final… este trabajo que le sirvió para tener paz y sanar después de recibir por fin justicia, pero aún así este trabajo en la panadería no era su lugar. Sonrió, pero con pena.
La cafetera ya estaba limpia. Así también lo estaba el expositor. Enseguida, los dos o tres bollos sobrantes estaban metidos ya en una bolsa de papel para desayunar ella en casa. Todo estaba listo y preparado para abrir mañana, pero el mañana de la panadería ya no sería responsabilidad suya. No. Sería de otras personas, de quienes eran ahora sus compañeros y de quienes serían contratados en el futuro venidero.
Se quitó el delantal. Tomó un papel de una libreta de uso común que tenían escondida junto a la caja y garabateó un mensaje para sus compañeros, agradeciendo todo lo que habían vivido juntos en ese año y medio. Lo firmó accidentalmente con una gota de lágrima que cayó sobre el papel y lo dejó ahí mismo, sin arrancar la hoja, a la vista de quienes entrarían al día siguiente a trabajar. Tomó el sobre, su sobre, que todavía reposaba junto a la caja.
Recorrió el interior de la barra hasta la puerta del almacén y despacho, cogió su mochila azul, no se puso el abrigo que colgaba de una de las hombreras y, en su camino hacia la salida, echó una mirada atrás con una sonrisa. Hoy cenaría algo por ahí, sin pretensiones en algún bar de su barrio, pero por primera vez en seis años cenaría fuera.
Apagó la luz de la panadería al salir y encendió la luz de un nuevo horizonte.