Bolero
La sala de baile era luminosa. Sus paredes eran blancas, con grandes ventanales que daban a la oscuridad de una noche impenetrable a la vista desde dentro. El suelo, ajedrezado, daba cobijo a los pasos de baile de las parejas que compartían entre sí las notas de la pequeña banda que tocaba desde una de las esquinas de la sala, junto a la barra. Unas palmeras delimitaban un poco más el espacio. Me sentía inexplicablemente nerviosa.
En la barra trabajaban un señor mayor, calvo, de bigote tupido y mucha agilidad en el servicio. Mezclaba sin artilugios, creaba cócteles sin darles nombre y siempre parecía atento a la clientela, fijando con ávido interés sus ojos celestes enormes. Asentía. Trabajaba. Servía. Pocas palabras, pero efectivo. Sonreía, pero con cordialidad profesional. A su lado, un chico alto, joven, de pelo negro engominado, parecía ser más dicharachero con los clientes y se movía con más espectáculo: los brebajes salían de la coctelera desde posiciones más altas, creando arcos de líquido en el aire bajo el control de su mano y voluntad, y entregaba el cóctel con gesto de explicar algo. Al final de aquella barra de color blanco con acentos dorados, una chica de pelo castaño, con gafas, se movía más suavemente. Ella era como una hormiguita que trabajaba cada bebida con mimo, pero sin la efectividad casi agresiva del bartender mayor ni el espectáculo pirotécnico de su otro compañero. Fue a ella a la que le pedí mi Dry Martini.
Y después de pedírselo, recogerlo de sus dedos y pagarle, todo en una interacción amable y corta, me refugié en uno de los laterales de la sala a observar las parejas que bailaban. Veía a algunas parejas que bailaban dejándose espacio, otras que lo hacían pegándose hasta que sus cuerpos parecían confundirse en uno solo, otras que intentaban practicar aquello que alguien quizás les había enseñado en alguna clase y otras en las que buscaban celebrar los muchos años pasados en compañía. Sonaban standards de jazz en versión instrumental, algún vals, algun son cubano lentito o tango y, en general, temas que se prestaban a un baile de salón como el de aquella noche. Ellos vestían, mayormente, ternos y nosotras, vestidos. Como siempre, nosotras dábamos la nota de variedad en colores y formas, mientras que ellos encarnaban una sobriedad encasillada. Supongo que son las normas.
Yo, en cambio, me sentía sobria como ellos y, a la vez, incómodamente llamativa en mi vestido como todas las demás. Mi vestido era negro. Se ceñía a mi figura sujeto por un cinturón muy discreto en mis caderas y caía en una falda cruzada que mostraba al mundo una de mis piernas a la vez, nunca ambas. El escote llegaba hasta el comienzo de mis pechos, que se acurrucaban en libertad dentro de los triángulos que evolucionaban, creciendo hacia mi espalda, en unos tirantes para que esta se luciera tanto como mi cabellera lo permitiera. Mis brazos iban desnudos, pero los tapaba con un fular de azul oscuro y bordes plateados. No me gustaba sentirme tan desprotegida, pero, a la vez, mi cuerpo parecía regocijarse en mi vergüenza. Hubiera preferido vestir una americana, sinceramente, pero este era el plan y este era mi destino. Bebí otro sorbo. Ojalá poder emborracharme y hacer el ridículo, pero no, lamentablemente, tampoco era ese el plan ni el destino.
Jugueteé unos segundos con mi collar, con forma de luna, plateado también. Palpaba a mi paso mis clavículas, como quien pasa el dedo para comprobar si hay polvo sobre un mueble. Seguí mirando hacia la pista y vi la gente bailar. Afortunadamente, nadie había intentado pedirme uno ni nadie me había dirigido la palabra.
Nadie hasta que escuché la voz de una mujer a mi izquierda, que me dijo:
–Aquí estás.
Sentí una mano cogerme del brazo. Era una mano cálida, con tono firme. Con un gesto hábil, atrapó mi codo dentro del suyo y me guió suavemente hacia el ventanal, sin decir nada, pero sí dejando mi copa en una de las mesas. En cuestión de segundos, casi al compás de aquel chachachá fluido que sonaba, me encontraba enganchada a ella, vestida con su increíble vestido escarlata. Me perdí en el verde grisáceo tan de tierra de sus ojos y en los labios carnosos, encendidos, que habitaban en su rostro de piel tostada.
–Al fin te encontré –repitió.
Yo no sabía quién era. Tampoco supe por qué me quitó la copa. Solo sé que sentí un temblor subir por mis pantorrillas, como una serpiente que buscaba enredarse entre mis faldas. Me fijé en la pulsera que llevaba en su mano izquierda: justamente, una serpiente de bronce que se enroscaba un par de veces. Mis ojos siguieron el camino por esos brazos desnudos hasta subir a sus hombros… Sus ondas rizadas, negras, acompañaban unas cejas definidas y gruesas que parecían estar vivas. Su vestido, como he dicho ya, era escarlata, reveladorísimo, especiamente porque ella tenía las curvas que yo jamás había tenido. Su cuerpo era una armonía de formas que buscaban traviesamente desbordar el vestido. La envidié. La envidié mucho. Casi la odié, pero es difícil odiar a una completa desconocida que la arrastra a una fuera del borde de la pista de baile con tamaña maestría.
Nos pusimos frente al cristal del ventanal. Le pregunté, tímidamente, si quería que saliéramos a la terraza, pero rápidamente pensé que no tenía ni idea de por dónde se salía fuera. Ella me acercó más a su cuerpo y me arregló un mechón de mi pelo castaño oscuro, cobrizo. Me miró dentro de mis ojos, también castaños. Se deslizó con esa mirada por el tobogán que nace de mi barbilla, por el cuello, hasta dentro del pico del escote, sin disimulo ninguno. Me arregló también la posición del collar, para centrarlo.
–Eres guapa, la verdad…
–¿Quién eres? –pregunté.
Ella me atrapó pasando el brazo por las lumbares. Mi cadera derecha tocaba la suya. Me sentí… ¿arropada? Toda ella era cálida. Su tono de piel, sus ojos, su voz y hasta irradiaba un calor extraño, como de arena a mediodía.
Me dijo su nombre. Inmediatamente sentí miedo. De hecho, aunque estos hechos hayan pasado hace ya tiempo, prefiero no revelar quién era ella, no sea cosa que esta historia sea mal interpretada. Con miedo, intenté quitar con mi mano derecha su mano izquierda, que se acercaba peligrosamente, sin tocarlo, a mi trasero. No pude. No era fuerza física la que me detenía, así que dije unas palabras antiguas que yo conocía, pero ella evitó el conjuro cogiendo mi mano derecha en su muñeca.
Besó el interior de mi muñeca, posando primero y luego transfiriendo sutilmente la humedad de sus labios a mi piel. Me espanté, pero estaba atrapada. Vi cómo cerraba los ojos con una devoción que pensé impropia. Ella… ella era más importante que yo. Si alguien debía mostrar devoción era yo a ella. Cuando acabó de disfrutar mi muñeca, jugueteó un instante con mis dedos antes de entrelazarlos con los suyos y dejar caer ambas manos, así unidas, a la altura de nuestras cinturas, relajadas. Pude sentir el calor del bronce de su pulsera de serpiente lamerme la piel al caer hasta su mano por la gravedad. Instintivamente, me acerqué un paso y le cogí la otra mano y ella la llevó, junto con la mía, a mi pecho.
–Deja de sentirte tan pequeña, Selena. Antes no eras así. ¿Qué te pasó?
Antes. ¿Nos conocíamos? Antes. Sí, antes yo me parecía más a ella. Hubo una época en la que yo podría haber hecho lo que ella conmigo. De hecho recordé fugazmente una aventura inocente años atrás en la que robé un beso a una princesa de una nación lejana que se había escapado de la prisión que era la visita de Estado en la que participaban sus padres –los reyes–. La había llevado al puerto de la ciudad y, sentadas en el borde, con nuestras piernas suspendidas sobre el agua, miramos el amanecer entre el suave sonido de los mástiles de las lanchas y barquetas al mecerse con el viento. Sin cobardía, con toda la habilidad y elegancia, la besé y nos besamos y fue una de esas noches sencillas en las que la magia era real.
–Pasaron ciertas cosas y creo que las sabes –dije–. Si no, no estarías aquí.
Me levantó un poco la barbilla. Me sentía un poco acalorada. “Al menos no has bebido tanto”, murmuró ella para sus adentros, aunque yo la oyera. Con gesto muy maternal, demasiado maternal para una infame seductora como ella, dijo:
–La magia sigue en ti, amor… Solo hay que volver a encenderla.
Deduje que por eso no pude apartar antes su mano. Mis conjuros se habían debilitado en el último tiempo. Por otro lado, ¿amor? ¿Por qué me llamaba así? ¿Por qué me dejaba llamar así yo, además? En esos pensamientos me adentraba cuando sentí la punta de sus uñas arañarme suavemente en mi espalda, arriba y abajo por el camino de mi columna. No sentí ni escalofríos ni cosquillas. Sentí, más bien, más calor y me avergoncé. La miré con gesto de que dejara de torturarme, pero en vez de eso, subió hasta mi nuca. No pude controlarlo: bajé la cabeza. Ahora quería gritarle que no parara, pero ¿en un lugar público? Escuché el ruido de las copas que servían en la barra. Escuché risas y miradas ajenas. No, no, por favor, no pares pero no aquí…
Se detuvo. Su mano atrapó mi nuca y acercó su rostro al mío, pero no completamente. Imaginé por un instante que ella me besaría, pero no lo hizo. No. Me soltó suavemente. A medida que me soltaba, sentí que me hundía, que me hundía, que me alejaba de una fuente de calor que me estaba dando vida, que me hundía en un pozo negro, lentamente, en el que solo podía ver la luz que entraba por la claraboya por la que yo había caído… Grité… Mi grito fue ahogado dentro de la bóveda… Debajo olía a brea… Si caía ahí, me ahogaría, me ahogaría…
–Vuelve, Selena. Vuelve.
Volví.
Estaba en el salón de baile. Me tenía entre sus brazos la mujer del vestido escarlata. Vi que un hombre nos miró de reojo con cierta cara de asco. ¿Qué le molesta, señor? ¿Eh? Ella, en cuanto pensé eso, me acarició la cabeza. Mi mirada se distrajo hacia la barra. No, no pienses en otra copa. La habilidad del bartender joven me atrajo, pero no era en él que me fijaba, sino en el fulgurante destello del veneno que estaba preparando. Noté la mano de ella en mi mejilla y cómo me apartó el rostro para que la mirara a sus ojos de ese verde esmeralda que era opuesto y complementario a su vestido escarlata. Bajé la mirada, avergonzada. ¿Qué me había pasado estos años? Fue entonces cuando comenzaron a sonar las notas de uno de mis boleros favoritos, si no el bolero por excelencia.
Clavé mis ojos en los de ella. Recordé en mis venas un impulso antiguo. Le pedí bailar. Hace mucho existió un pasado en el que pedirle un baile a una mujer era mi pan de cada día. No me importaba el escándalo. No me importaban las miradas. Me importaba crear con mis parejas de baile un momento junto con la canción. Le extendí la mano y dije unas palabras que parecían miel correr desde la fuente misma de mi corazón:
–¿Bailamos?
–Por supuesto, pero no guiarás.
Ese no era mi plan. Yo siempre guío. Mi estómago se revolvió. Mi cabeza me hizo verme atrapada entre una serpiente de color de fuego que nacía de las fuentes íntimas de ella, reptando por debajo de la falda y atrapándome contra su voluntad para morderme, destruirme… Mi corazón se aceleró. Tuve miedo. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada en respuesta, su mano me llevaba al centro de la pista. No me apretaba, pero sus dedos me pedían que me calmara. Antes de que mi boca pudiera procesar cómo expresar palabras que evitaran el peligro absoluto de entregar mi cuerpo a… a ella… su brazo derecho ya tomaba posesión de mi escápula desnuda y su mano izquierda llevaba la mía derecha a su pecho.
Dos gardenias para ti… / Con ellas quiero decir: / Te quiero, te adoro, mi vida… / Ponles toda tu atención / Porque son tu corazón y el mío…
Enseguida nuestros cuerpos se sincronizaron… Corto, corto, largo… corto, corto, largo… Me aferraba a ella como una niña que se aferra a las cadenas de un columpio cuando su padre le ha dado el primer impulso y ya la ha soltado: con miedo o casi pánico, pero aceptando que quizás no había tanto peligro. Mis ansias de querer tomar el poder me nublaron el goce del bolero por un instante. Sin embargo, ella comenzó a susurrarme al oído. Comenzó a decirme que lo importante no era mantener el paso, sino que sintiera mi piel con la suya. Que esto no era una competición de baile, ni una clase donde se sacara una nota y que qué importaba lo que pensasen “los que creen que saben”. Baila, Selena, simplemente… baila… Corto, corto, largo…
Descansé mi codo en su brazo y descansé mi espalda en la mano con la que me conducía. Me sobrevino una rendición que no lo era… Habían sido demasiados años… Yo… Yo había soñado con esto, ¿no? O sea, tanto tiempo como peleando… como teniendo que demostrar ser fuerte… y… luego… defenderme… Ella me escuchaba atentamente… Estaba cansada. Descansa, entonces. Descansa en mí, Selena. Mi voluntad se fue fundiendo y me abrí a las preguntas que ella le hacía a mi cuerpo en cada compás. Me entregué. No hubo caída. No hubo trampa. No me hizo caer del columpio ni se rió de mí. No me hizo el amor para burlarse de mis dolores. ¿Esto es entregarse bien? ¿Esto? Noté la mano de ella acariciándome la nuca otra vez y un ligero mordisco tierno en mi oreja… Le fui respondiendo. Corto, corto, largo… Ya iba sola. No pensaba. Solo quería piel. Más piel. Más aliento suyo en mi cuento. Abrazadas cada vez más cerca, mi cabeza buscó hueco debajo su barbilla y el nacimiento de su hombro derecho –ella era más alta–. Pude oler la fragancia de sus pechos, ligeramente láctea y de sudor alcalino que brillaba un poquito en su piel de sol. Hueles bien. Tú también. Su piel acariciaba la mía donde nuestros vestidos lo permitían. Me gustas. Corto, corto, largo. La miré, la miré con amor, la miré con ganas de que no se acabara nunca la canción.
Dos gardenias para ti… / Que tendrán todo el calor de un beso / De esos besos que te di / Y que jamás encontrarás / En el calor de otro querer…
Sentí sus pechos besarse con los míos. Sentí su respiración volverse la mía y la mía, la suya. No había ya dos alientos, no. Nuestras cabelleras parecían bailar entre sí también. Una de mis manos recorrió su brazo con la punta de mis uñas. Su piel se erizó. Un hambre rabiosa me apoderó de devorar esos labios suyos que estaban a un suspiro de los míos. Quise saborear esa película de humedad que los lubricaba.
–Necesito besarte –le susurré al oído, conquistando ahora yo de forma furtiva su nuca.
La besé, jugueteando con los pelos nacientes de esa nuca suave. La besé como quien come una pera jugosa. Ella devolvió el gesto como quien muerde una manzana dura. Mi corazón fue atravesado por una punzada de júbilo. Nos sentimos fuego y sí, creo que nos pusimos a sudar. ¿Hubo cuchicheos? No lo supe en ese momento, ni lo sé ahora, ni me importó entonces ni ahora. Solo me importaban esos pómulos, esas rodillas, esa mano que me sostenía, esa sensación de libertad que me daba, por primera vez, ser compás vivo para la interpretación que me proponía. Le aparté un mechón. Ella no dejaba de acariciarme el cuello.
Pero si un atardecer / Las gardenias de mi amor se mueren / Es porque han adivinado / Que tu amor me ha traicionado / ¡Porque existe otro querer!
El bolero había acabado. Aún abrazadas, podía sentir vagamente cómo el resto de parejas salían de la pista mientras nosotras nos quedábamos rezagadas, ahí, a la vista de todos. Qué importaba. El mundo era nuestro porque éramos mundo la una para la otra. Poco a poco me sobrevino la posibilidad de que este sueño se acabara aquí, que nuestros cuerpos volverían a separarse y que nunca más podría sentir nada igual. Poco a poco, con gentileza, me separó, mirándome feliz. Yo, en cambio, sentí miedo de caer a la derrota eterna que me perseguía desde hace tiempo. No, no quería que esto acabara. Quería seguir. Yo quería seguir. Sentí deseo. Mi alma estalló en palabras que jamás habría predicho al entrar sola y apesadumbrada a aquella fiesta al inicio de la noche.
–Me gustaría que esta noche no fuera de un solo bolero –le dije.
Me besó en el cuello, mientras llevaba su mano a mis caderas. Le acaricié discretamente, con el dorso de mano, el nacimiento de su escote, recorriendo juguetonamente durante un instante con la amenaza de llevar mi movimiento a un lugar escandalosamente prohibido dentro de su vestido. En vez de eso, le arreglé el tirante. Ella cogió mi collar entre sus dedos por un momento y murmuró:
–Ya no eres luna menguante, sino creciente.
Salimos de la pista, codo con codo. Reposé mi cabeza un instante sobre su hombro. Ella aprovechó para acariciarme el interior del brazo. Dirigimos nuestros pasos hacia la guardarropía, cogimos nuestras cosas, nos despedimos del personal que trabajaba allí y salimos fuera, a la tibia noche de aquella capital mediterránea. Esperamos un taxi que nos llevó a mi casa.
Efectivamente, aquel no fue el único bolero que bailamos aquella noche.