Ante la costa
El viento frío de invierno le helaba los hombros descubiertos. Era un día gris, cuyas nubes no desvelaban qué intenciones traían, si lluvia suave, tormenta o un sorprendente cielo azul. Las faldas de su peplo blanco bailaban por entre sus piernas, restringidas solo por el cinto que llevaba en la cintura. Nunca se levantaban para mostrar ni por accidente los rincones sagrados de su cuerpo. Ella esperaba, de brazos cruzados, de pie en el borde del pequeño risco que vigilaba la playa de arena. El mar, traicioneramente calmo, era un espejo grisáceo, sin forma ni colores, que dejaba un rastro de espuma muy tenue y apenas algunas algas al lamer la piel tostada de la tierra.
Se cruzó de brazos sobre sus pechos, cuyas formas se vislumbraban a través de la tela de la vestimenta. Era invierno, pero en aquella isla mediterránea no era crudo. Si bien su abuela la regañó diciéndole que se abrigara con pieles, ella prefirió salir de la ceremonia en el templo, con paso firme, de vuelta al mar. Resopló. Su cabellera castaña no se iluminaba de alegres tonos avellanas en días grises como este, solo en días de sol, en días de primavera o de dulce verano.
Se acarició el antebrazo. Las pulseras de bronce chocaron entre sí. Resopló otra vez. Recordó un tacto. Sacudió la cabeza queriendo sacarse de encima tal recuerdo. Su mirada, fija en un horizonte sin navíos, ni olas, ni contrastes entre cielo y mar, se perdía en el interior de su alma, en palabras dichas y otras que nunca se dijeron. Sus labios estaban fríos, tal y como sus manos y su piel. Ella habría agregado: “Como mi corazón”.
El oleaje no podía ser menos perceptible, sin apenas ruido, sin apenas movimiento, sin rastro, sin heroismo ni comedia. Lejos quedaban los meses de calor en los que el pueblo se apostaba a ver qué habían pescado los varones o qué nuevas traían los guerreros. Recordó la sonrisa de su hermano, miembro de la Asamblea y comandante en la guerra. Ahora mismo estaría en el frente, luchando contra la liga espartana. Ella, que tantas veces se había dormido entre los brazos desnudos de su hermano tras morir su padre, sabía que ninguno de los espartanos era ni más fuerte ni más valiente que él. Su hermano tenía el honor y la piedad a los Dioses propios de los héroes de los antiguos poemas.
–¡Hermana, solo hablas así de un hombre: de mí! –le dijo, borracho, en un banquete celebrado en la plaza del pueblo un par de años atrás.
–Hermano querido, ya sabes que mi corazón…
Los ojos profundos de él –iguales a los de ella– se encontraron. El resto del pueblo danzaba en torno a los fuegos, los platos se compartían, los músicos tocaban, el filósofo y maestro de geometría discutía con vehemencia con uno de los arcontes y los jóvenes correteaban haciéndose travesuras entre ellos. Nadie se percató o quiso percatar de cómo abrazaba su brazo fuerte y cómo él, con una mueca, le arregló un mechón de su pelo diciéndole:
–Si tu corazón late por mujeres, ¡temo por que me robes mis conquistas!
–¡Hala, tonto! –le dijo, pegándole en el hombro.
Se rieron. Ella bebió más vino. Ya estaba bastante borracha también, pero era noche de fiesta. Un compañero de armas que estaba al lado de ellos se rió también. Sí, había escuchado algo la conversación y no dudo en agarrarla del brazo para proponerle presentarle a su hermana menor. Ella sabía de quién se trataba y se hizo la coqueta.
Ahí, de pie ante la costa, recordó cómo aquella noche, embriagada, danzó descalza sobre una de las mesas. Sonreía. Guiñó el ojo a una de las muchachas a las que había dedicado poemas a sabiendas que jamás llegarían a ningún puerto. Eleutería se recordó querida. Recordó el rostro de orgullo de su hermano mayor. Recordó también cómo aquella noche le robó un beso apasionado, detrás de la estatua de Artemisa, a una de sus amigas sin dudar un instante en explorar con dedos ágiles los pliegues de sus ingles mientras la conquistada tentaba con torpeza dibujar la clavícula de Eleutería.
Durante años ver a Eleutería pasear por las callejuelas del pueblo era como presenciar a una musa a cuyo paso soltaba flores de su cesta, recitaba versos improvisados a los niños por la calle –a veces con moralejas para que se portaran bien– y ayudaba a las ancianas con la colada. A veces se acercaba a las puertas de la Asamblea y, cuando esta acababa, murmuraba a los oídos de algunos de los varones ideas que luego ellos se atribuían como propias en la sesión siguiente. El filósofo adoraba pasar las tardes con ella para comentar rumores sobre las nuevas ideas que llegaban desde Atenas o desde las lejanas tierras de Babilonia o de Egipto. A veces comía con él y uno de sus amantes… a veces ella llevaba a una de las suyas.
Delante del mar, aquel mediodía de invierno, todo eso parecía una vida ajena.
Se llevó la mano al corazón, palpando a través de su pecho las esquirlas de lo que había sido un amor. La historia ya no importaba. Se habían querido de verdad, tanto que durante un tiempo en el pueblo Eleutería y Febe eran conocidas como “Las novias”. Simplemente… un día… Febe confesó que hacía un tiempo que ya no sentía lo mismo que cuando se conocieron… Eleutería lloró. Había conquistado y seducido a muchas, pero nunca había querido a nadie como a Febe. Esta acabó embarcando hacia tierras lejanas, al parecer por mandato de su padre –uno de los superiores del hermano de Eleutería–. De estos hechos ya habían pasado tres meses.
Delante del mar, se sentía culpable. Recordó las noches incomprensibles de dolor en su cama vacía, dibujando la sombra de Febe entre las sábanas. Recordó la pesadez. Se sintió culpable de todas las conquistas que había tenido, incluida la de Febe. Odió a Afrodita hasta el punto de la blasfemia. Seguramente esto era el castigo cruel por sus deseos. Los Dioses la habían engañado con un fantasma de amores para destruir su corazón, para castigarla por ser… por ser… no quería verse ni en el espejo. Dejó de arreglarse. Su caminar se volvió pesado y oscuro. A su paso los vecinos sentían tristeza. Las ancianas la abrazaban y ella lloraba en sus pechos, pero no encontraba consuelo.
–Vas a enfermar así –escuchó que alguien le decía por las espaldas.
Era su hermano.
–Arístides querido… qué haces aquí…
Él no respondió. Simplemente la hundió entre su pecho enorme. Separándola, tras darle un beso en la frente y secarle las lágrimas, le dijo:
–Me enteré. Quería saber cómo estabas.
–Espero que no hayas desertado del frente por mí. No quiero ver tu ejecución pública.
Se rieron. Se sentaron en el borde del risco. Él la abrigó con su capa de piel de oso. Olía al hierro oxidado de la sangre de la guerra.
–Hemos avanzado posiciones. Además, me han ascendido. Vi la oportunidad y volví en cuanto pude. Esta noche celebraremos, ya lo hemos decidido en la Asamblea –dijo Arístides.
–No tengo ganas.
–Oh, pero vas a venir.
–Me siento triste, hermano.
–Los amores de verdad que se pierden duelen, hermana amada. Tú me lo dijiste cuando la guerra me separó de Diotima.
Eleutería recordó aquellos meses. Diotima y Arístides estaban prometidos. Sin embargo, ella era impaciente y la guerra complicó las cosas. La primera expedición se extendió por casi medio año y ella, desesperada, temía o la muerte de su prometido o se lo imaginaba yaciendo con concubinas de exóticos territorios conquistados. Eleutería intentó calmarla lo mejor que pudo y trabaron una cierta amistad. Sin embargo, Diotima una noche la insultó llamándola “cerda safista impiadosa que deshonra a las muchachas” y eso provocó que Eleutería se alejara de ella. Finalmente, a la vuelta de Arístides, que volvió herido, Diotima decidió anular la boda, aunque a él la escena entre ella y su hermana le dolió de suma manera al enterarse.
Durante un tiempo, convalesciente, se sintió vacío y melancólico. Entonces fue cuando su hermana le dijo aquellas palabras: “Los amores de verdad que se pierden duelen”. Él, el alma de la fiesta, el gallardo héroe que rescataba a los niños que tenían la mala idea de esconderse en las grutas o luchaba por el demos como soldado y, luego, estratega, se vio reducido a un niño indefenso que solo deseaba escuchar la voz de su hermana, que lo reconfortaba y le recordaba sus hazañas tanto serias como mundanas día tras día… hasta que su ánimo mejoró.
–Creo que vas a tener que hacer lo mismo conmigo –le dijo ella–. Siento añoranza por quien fui… como te pasó a ti.
–Entonces, ¡ven a bailar, emborráchate, canta a los Dioses y enseña tus pechos como bacante enloquecida si quieres esta noche! Esta noche es de fiesta, quiero que disfrutes y no que te quedes aquí melancólica mirando el mar.
Aquella noche, Arístides, mientras bebía con sus amigos y compañeros de armas, observaba discretamente a su hermana desde el lado opuesto del banquete. En un comienzo se preocupó un poco al ver que ella parecía estar más dispuesta a ayudar a servir que de disfrutar del banquete.
–No dejas de mirar a tu hermana –le comentó uno de sus compañeros–. Espero que el vino no te esté dando malas ideas, ¿eh? Es hermosa, la maldita sáfica…
Arístides clavó su mirada en él.
–No vuelvas a insultar a mi hermana de ese modo. Estoy preocupado por ella.
Otro de sus compañeros, más mayor y menos borracho, dijo:
–Eros hiere todos los corazones. Sin embargo, también los acoge a todos, latan por quien latan.
–Sabias palabras, querido amigo –contestó Arístides, brindando con él–. Que los Dioses guarden tu mente y corazón.
Al volver su mirada hacia su hermana, vio que se había transformado tan solo en una silueta detrás del fuego al centro del banquete. Entonces intuyó una figura de mujer que le acercaba una copa y, con chanza, la agarraba del brazo para bailar. Entonces Arístides suspiró tranquilo.
–Creo que esta noche Eros la ha bendecido –dijo y se reunió con más compañeros para celebrar las victorias y libar por los nombres de los valerosos caídos.
La mañana siguiente el pueblo vivía el silencio propio después de una noche de festejos. No había un alma en el mercado. Solo quedaban los restos de la fiesta. En su lecho, Eleutería rozaba dormida la pierna de aquella chica que roncaba junto a su cara. Apestaba a vino. Ambas apestaban a vino. También apestaban a humedades que aún compartían en sus pieles. Era rubia. Era Galatea, la forastera que recién había llegado con sus cerámicas. Ambas eran, en ese momento, un nudo de piernas y brazos desnudos y de cabellos rizados, de nogal y de oro, respectivamente.
–Vaya noche –susurró Galatea.
Eleutería se sentó en el lecho, con las piernas pegadas a su pecho. Sí, vaya noche. La había sacado a bailar una chica justo en el momento en el que ella se había decidido por volver a su casa y llorar. Una cosa llevó a la otra. La chica coqueteó con ella un rato sin consecuencias, pero eso encendió un espíritu antiguo en Eleutería. Unas horas más tarde, en el fragor de la noche, ella parecía poco a poco tomar en su alma las llamas de la majestuosa hoguera y volvía a encenderse como un sol en plena noche. Bailó. Bebió con los soldados, sin importarle las distancias. Retó a un simulacro de duelo a uno de ellos con la espada y, luego, a un sesudo debate sobre metafísica con el filósofo… en verso… riéndose de sus barbas canosas ella y él de que el peplo de ella cediera y le regalara al pueblo entero las gracias de sus pechos. Bailó con su abuela, que le anudó el vestido para que no fuera por ahí desnuda. Declamó con los ancianos las antiguas gestas de Odiseo en la mesa preparada para ellos. Al acabar, volvió donde los de su edad y se apresuró a besar a una de sus antiguas amantes sin ninguna clase de maldad ni de vergüenza. El pueblo celebraba las gestas de sus soldados y, como dijeran algunos, la vuelta de la sonrisa en los labios traviesos de Eleutería.
Galatea la había seguido con la mirada. Con astucia se acercó a Arístides y le preguntó, sabiendo perfectamente quién era, por el nombre de su hermana. El soldado, sintiéndose instrumento del Dios de las Flechas, llevó a la muchacha rubia en presencia de la chisposa Eleutería que, en ese momento, se comía a bocados un racimo de uvas negras escondida detrás de la tienda donde cortaban la carne de los carneros. No hicieron falta palabras: le colocó una uva en los labios a Galatea y la besó para robársela. La rubia forastera, a su vez, le escondió una en el escote a Eleutería y se la robó con los labios. Arístides se llevó las manos a la cabeza.
–Ya, ya veo que no perdéis el tiempo.
Y huyó de la escena riéndose, de vuelta adonde estaban sus amigos. Eleutería se sonrió al recordar todo esto y luego las caricias, los besos, la caminata furtiva a casa en medio del banquete, la vuelta al bullicio para disimular y, finalmente, la retirada definitiva para disfrutar ya no del vino sino de las ambrosías de alcalino olor que exudaban sus cuerpos llenos de la gloria de Afrodita en un banquete privadísimo para ellas solas.
Se miraron. Eleutería desde su posición sentada y Galatea abrazada al cojín. Se rieron. “Vaya noche”, repitieron al unísono. Galatea extendió sus dedos hacia la rodilla desnuda de Eleutería y jugó con el contorno de un lunar que encontró en ella.
–Eres bonita, pero te vi triste anoche. Con tristeza de amor te vi… Ya no la tienes.
Eleutería se sonrió. Acarició los pelos desordenadísimos de Galatea y revisó una marca que le había dejado en el hombro.
Tras un vaso de leche de cabra caliente, pan algo duro con mantequilla y un poco de fruta, aquella mañana las dos decidieron dar un paseo a la costa. Llegaron al risco en el que, al día anterior, Eleutería se había quedado absorta mirando el mar. Se encontraron ahí a Arístides, sentado, despierto y absorto mirando el horizonte. Él se alegró de verlas juntas, visiblemente desarregladas, pero con sendas sonrisas en sus rostros. Les contó que él no había dormido en toda la noche y se había retirado al risco no mucho más tarde de darse cuenta de que su hermana había huido con una amante. Eleutería notó un rastro de vino en el suelo junto a unos trozos de cordero que habían sido quemados con una pequeña vara carbonizada que yacía a un lado. Se sonrió y besó en la mejilla a su hermano diciéndole, al oído:
–Gracias.
–Los asuntos de amor son serios. Veo que Eros ha sido generoso –le susurró al oído, discretamente de vuelta.
Se sentaron los tres a ver el mar. Galatea se apoyó en el hombro de su amante, mientras Eleutería le cogía a ella el muslo. Arístides se puso a tocar una lira pequeña que había construido en el frente, pero las chicas le pidieron que, por favor, dejara de torturarlas. Galatea tocó una melodía de sus lejanas tierras eólicas. Esa mañana hacía sol. El oleaje estaba alegremente animado y las gaviotas llenaban el aire con sus notas. A lo lejos, el viejo Porfirio ataba su bote y sacaba la red llena de peces con la ayuda de su hijo Leonidas. Era un día de invierno, pero Eleutería intuía los primeros olores de la primavera.